El pequeño burgués sin conciencia social, política, de sujeto, de clase o nacional da pena cuando alcanza posiciones importantes en instituciones públicas o privadas. Se comporta de la manera más ridícula. Cree que tiene a Dios agarrado por el pichirrí. Se siente triunfador. El cargo completa su deficiente personalidad. Satisface la vanidad de poder, hace ostentación de riquezas malhabidas, logra nombradía sin méritos y disimula el vacío de alma que padece. Es un pobre diablo.
Ese pequeño burgués vive inestable, angustiado y afanoso. Desconoce el sosiego de espíritu y la estabilidad material. Su psiquis está dañada por una enfermedad incurable con fármacos. Se siente un desecho social y reclama reconocimientos.
Ignora que pertenece a una capa social intermedia. No es ni gran burgués ni un simple obrero. Esto es, que no compra la fuerza de trabajo de muchas personas. Puede tener algunos empleados cuando monta negocio propio. No depende exclusivamente de un salario para vivir. Por su inconsciencia, se desenvuelve en una agonía de vida. Siente terror a descender al nivel de obrero, desempleado o chiripero y delira por ascender a gran burgués, millonario o funcionario.
Si ese carajo a la vela alcanza su objetivo, inmediatamente reniega de su origen. No quiere cerca nada ni a nadie que con la simple presencia se lo recuerde. Está hecho de un material muy maleable, proteico. Soporta sin rubor cualquier humillación o atropello de un superior siempre que no afecte su carguito. Es traidor, mezquino, hipócrita, mentiroso y perverso. Se presta para todo si sus superiores se lo solicitan.
Nuestra sociedad, en todas las instancias de poder, está saturada de ese tipo de sujeto. Está atrincherado en posiciones claves. Manda, amenaza y atropella los derechos de los demás con la saña de un ejército de ocupación. Si alguien tiene la entereza y firmeza de carácter para exigirle respeto frente a sus barbaridades, entonces desata una guerra santa contra ese irrespetuoso y atrevido, que osa desconocer quien tiene el mando y quien puede desollarlo y beberse la sangre que le haga derramar. Y lo hará bramando que es presidente o superior jerárquicamente.
Para él la razón ni los méritos tienen importancia. Privilegia a su anillo. Sus favoritos no necesitan ni méritos ni capacidad ni responsabilidad para ocupar mejores posiciones. Pero desata odio contra los otros. Así usa el pequeño burgués el poder.
Reclama obediencia perruna, abyección total y silencio ante sus iniquidades. El que no esté dispuesto a someterse, será excluido de su gracia. Lo marginará de todo. Lo verá como un apestoso, leproso, indeseable. Tratará de cerrarle todas las posibilidades de ascenso a que tenga derecho y buscará la forma de desacreditarlo. El dios en la Tierra no soporta el reclamo del derecho a la igualdad de todos ni tolera la dignidad ni el decoro ajeno. ¡Ay, pobre Patria mía!.

