La nación dominicana dio un ejemplo cívico en las elecciones presidenciales recién pasadas. Acudió masivamente a las urnas para expresar sus preferencias frente a las distintas ofertas que tenía. Votó en orden, con vocación democrática y esperanzas institucionales. Lleva muchos años con la ansiedad de la vida civilizada que le han prometido sus dirigentes. Aunque se sabe engañada, sigue en espera de que su sueño se haga realidad.
Conforme a las encuestas publicadas, los resultados fueron previsibles. Algunos entienden que los porcentajes publicados fueron una forma de condicionar la voluntad popular. Dan como cierto que las empresas que realizaron los estudios y los que los auspiciaron entraron en contubernio para manipular la percepción de las grandes mayorías. Eso se puede hacer con uno o con otro, pero no con todos o casi todos los involucrados. Es usual que en toda guerra la primera víctima sea la verdad. Sabemos que la lucha política electoral es una guerra por otros medios. Los que se creen la mentira tienen que revisarse y los que permiten que esa falsedad sirva para hacerlos morder el polvo de la derrota, también necesitan corregirse.
Resulta una verdad de Perogrullo que la victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana. Lo malo es que los perdedores se afanen vanamente en buscar chivos expiatorios para no admitir sus propias deficiencias. Es una muestra de infantilismo político, no reconocer los errores cometidos.
Sobre todo cuando olvidan que los pueblos quieren paz y tranquilidad. Están dispuestos a soportar largos sufrimientos antes de alterar el orden en que se desenvuelven. Históricamente se ha probado que la incertidumbre los aterra. Entienden que solo en el sosiego podrán mejorar sus condiciones de vida. Y no se equivocan. La guerra genera muerte; la paz, vida. Los que amenazaron con acciones violentas en el proceso comicial, aunque actuaran como reacción frente a otros hechos, le hicieron un flaco servicio a su candidato.
El pueblo decidió. El licenciado Danilo Medina, candidato presidencial por el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y aliados, fue el mayor favorecido en los comicios. Hoy es el Presidente electo de todos los dominicanos. El ingeniero Hipólito Mejía, propuesto por el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y aliados, ocupó un privilegiado segundo lugar. Y Guillermo Moreno, aspirante a sentarse en la silla de alfileres por el Partido Alianza País, con su tercera posición, es la gran revelación electoral. Los demás candidatos fueron comparsas intrascendentes.
Sin grito ni alharacas, ahora procede que aportemos nuestros mejores esfuerzos para que Danilo Medina, tan pronto se juramente como jefe de Estado, continúe lo que está bien, corrija lo que está mal y haga lo que nunca se ha hecho a favor del pueblo. Así sea.

