La Biblia estigmatiza la ambición y el amor al dinero como fuentes de desgracias; Juan Jacobo Rousseau sostuvo que la propiedad privada es el origen de todos los males; Carlos Marx afirmó que la explotación del hombre por el hombre es la causa de las injusticias sociales; Juan Pablo Duarte planteó que los traidores impunes perpetúan sus maquinaciones; George Washington sostuvo que sin justicia no puede haber democracia; Juan Bosch sentenció que la mentira y el grupismo son enemigos de la institucionalidad; el autor de esta columna vive convencido de que en nuestro tiempo la violación del debido proceso es la creadora de las miserias judiciales y de las injusticias.
El pueblo, sabio y sentencioso, asevera que cada cabeza es un mundo. Y en España se produjo un movimiento denominado la poesía filosófica, que se caracterizó por su baja calidad artística y por plasmar en sus producciones grandes verdades. El más sobresaliente de esa corriente fue Ramón Campoamar. Dijo: En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira.
Por eso, sin caer en la paranoia, hay que aprender a desconfiar. Las verdades eternas e inconmovibles son sospechosas. Representan, por lo regular, instituciones caducas. Engendran persecución y atropello. Niegan la ley de la dialéctica que impone el cambio, la necesaria sustitución de lo viejo por lo nuevo. Aunque muchos que apoyan conscientemente los cambios se horrorizan, por fuerza de la costumbre y el inconsciente, cuando los ven llegar. Hasta alegan, con aires de pontífices, que no es prudente, que esa no es la forma. Hay que imponerles los cambios.
Cada época impone sus paradigmas y rompe con los del período anterior. Es la ruptura inevitable y necesaria del devenir histórico.
Uno de los paradigmas más importantes es el que consagra la supremacía de la Constitución. Ella estatuye, de manera explícita e implícita, los principios, valores y normas que rigen la sociedad. La protección de los derechos fundamentales y el control de los excesos del poder deben ser su esencia. Y para que cumpla su misión hay que garantizar el debido proceso. Ahí está la clave de su éxito y de la justicia. Si no se cumple con el debido proceso, no hay éxito real ni justicia en la sociedad.
La Ley Suprema estatuye en su artículo 69.10: Las normas del debido proceso se aplicarán a toda clase de actuaciones judiciales y administrativas. Todo está y tiene que estar sometido al debido proceso. Hay que aplicarlo para premiar o para sancionar. Así se mata al despotismo y a la arbitrariedad en todas sus manifestaciones. Con razón los injustos, vengativos, abusadores, fundamentalistas y prepotentes le temen al debido proceso. Cuidémoslo como la niña de nuestros ojos.

