Quienes conocemos al doctor Manuel Bergés Chupani, y especialmente los abogados en ejercicio dilatado, sabemos que es un jurista de fuste, amigo leal, ciudadano ejemplar, y un hombre que merece todo el respeto y la consideración del mundo. Su hoja de vida privada y su trayectoria pública nunca han estado manchadas por un hecho que pueda dar lugar a censura. Ojalá en nuestro país tuviéramos muchos, muchos, muchos Bergés Chupani.
Además, como juez que soy, considero que en el Poder Judicial hay pocos ejemplos que puedan igualarse en vocación de servicio al rendido por Bergés Chupani. Recorrió pacientemente los estamentos de una carrera judicial que en su tiempo no existía legalmente. Fue un Ulises sin el Homero que poetice sus hazañas en la administración de justicia. Por eso le considero mi magistrado eterno. Siempre se lo digo.
Bergés Chupani tuvo la gentileza de presentar y comentar libros de doctrina jurídica que escribí y publiqué. Sus discursos fueron generosos y críticos, como debe ser. Durante su presidencia en la Suprema Corte de Justicia (SCJ) me fue otorgado el nombramiento de Notario Público. Y, desde 1985, cuando me gradué, nos ha unido una relación de amistad fraterna.
Ante un hombre como Bergés Chupani, de tantos aportes a la sociedad dominicana y de excelsa calidad humana, uno tiene el deber de rendir tributo de gratitud permanente y honrarle como se merece.
Lástima que un duendecillo travieso de las letras, de esos que merecen el calificativo de endiablados, me hizo objeto de una treta penosa. Trastocó, por error inadmisible de mi parte, un concepto. Se atribuyó la cualidad de permisivo a Bergés Chupani en la entrega anterior de esta columna. Nada más equivocado. Nunca lo fue. Ese término le correspondía a otro, quien por su ideología de sometimiento sin resistencia al poder de época y por las condiciones políticas en que dirigió la SCJ, toleró situaciones que nunca debieron darse. Hasta se dormía en las audiencias, debido a su edad. Debió retirarse o ser retirado antes.
El adjetivo permisivo, conforme al diccionario Pequeño Larousse, edición 1990, significa que implica un permiso. Así, todo el que dirige, es permisivo. Ese es su sentido estricto y gramatical. Pero su connotación es amplia. El lenguaje común lo entiende como la tolerancia de lo que no debe ser. Y cuando el que dirige, por acción u omisión, es permisivo suceden acontecimientos que merecen sanción.
Los clásicos decían que errar es de humano. Error no es opinión. El cartaginés Terencio declaró: Nada humano me es ajeno. Pero si el error involuntario afecta, duele. Hay que corregirlo. Mi desagravio para usted, doctor Manuel Bergés Chupani, querido y distinguido Maestro.

