Constitución y valores
La Constitución, como norma suprema de la nación, sirve hasta para remedio. Es cierto que no es la panacea absoluta o una varita de virtud con la cual podamos resolver de inmediato todos los males de la sociedad. Pero es el catalizador esencial para impulsar las medidas correctas que tiendan a cambiar la injusta realidad que sufrimos. Ella puede crear las condiciones necesarias para que las grandes mayorías nacionales vivan con dignidad y decoro.
Para comprobar esa verdad, basta con recordar que nuestros males sistémicos se agravan más aún por la falta de educación de la población, por la medalaganaria actitud de las autoridades públicas, por la debilidad institucional, por la cruel desigualdad de oportunidades, por la mala distribución de la riqueza social y, en fin, por el irrespeto a la Constitución.
Todos sabemos que la Constitución consagra el derecho fundamental a la educación. Sin educación no puede haber progreso, ni paz, ni orden, ni fraternidad, ni nada positivo. Los seres humanos se convierten en bestias cuando carecen de educación. La historia demuestra que los pueblos superan sus miserias materiales y espirituales cuando alcanzan niveles apreciables de formación intelectual. Los países desarrollados deben su alto nivel de vida a la inversión que hicieron y que hacen permanentemente para educar a sus pueblos. Pero en los países atrasados, como el nuestro, los sectores dominantes apuestan al embrutecimiento de la población. En sus mentalidades de pequeños burgueses y de oligarcas, no llegan a burgueses, conciben el poder como un botín de guerra. No tienen conciencia nacional, ni política, ni social, ni de clase. Creen que mientras menos educado sea el pueblo, mejor lo manipularán.
Con esos criterios, no resulta extraño que las autoridades se comporten como si fueran amos y señores. Hacen lo que quieren y como desean. No temen a la rendición de cuentas ni a las sanciones por sus inconductas. Por eso las instituciones funcionan tan precariamente.
Las personas, sin importar que sean niños, jóvenes o adultos, no gozan de verdaderas oportunidades de superación. Con excepción de la minoría de opulentos y satisfechos, los que se superan sufren tanto en su trayectoria que el triunfo les sabe a tierra mojada. Terminan amargados y resentidos. Se convencen de que no deben gratitud a nadie. No asumen compromisos sociales. El individualismo enfermizo se convierte en la brújula que marca su Norte. Pasan a ser reproductores de injusticias.
Esas lacras y los otros males que conocemos tienen su causa eficiente en la pésima organización del sistema capitalista que nos dimos. Y todo esto se refleja en las cínicas violaciones a la Ley Sustantiva. El sistema fuera menos cruel si se cumplieran los mandatos de la Constitución. Ella contiene principios, valores y normas que permiten imponer la justicia social que el pueblo reclama y merece. El respeto a la Constitución es el remedio que necesitamos.
