Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

El ordenamiento legal persigue, en lo formal, garantizar la paz social por medio del conjunto de reglas que rigen las relaciones entre las personas, sean físicas o jurídicas,  privadas o públicas. En lo real, el Derecho tiene un objetivo definido y aplastante en toda sociedad: mantener el sistema económico, político y social establecido, con todas sus consecuencias.

 La parte formal del sistema jurídico la comprenden con facilidad todos los ciudadanos, y muy especialmente los que estudiaron a nivel universitario las ciencias jurídicas, aunque nunca hayan ejercido como profesionales de la toga y el birrete. Pero lo que no está claro para las mayorías nacionales, incluyendo a muchos abogados, jueces y fiscales, es la función real del Derecho. Esta función se mantiene oculta y aquella parte formal se publicita a los cuatro vientos.

 Nadie se equivoque creyendo que esa realidad solo existe en nuestro país. Fue así, es de esa forma y seguirá siendo de esa manera en todas las sociedades. En el fracasado intento de crear la sociedad socialista, que se convirtió en entramado de privilegios estatizados y que mató muchas esperanzas, el papel del Derecho fue el mismo. Pero lo asumieron sin la hipocresía de los sectores dominantes de otras sociedades.

 En esos propósitos del Derecho se verifica con la contundencia de la verdad la expresión del inconmensurable José Martí, que con habilidad popularizó el profesor Juan Bosch en nuestro medio, cuando afirmó que hay cosas que se ven y cosas que no se ven, y que a menudo las cosas que no se ven son más importantes que las que se ven.

  Para el funcionamiento del sistema, poco importa que los ciudadanos y demás miembros de la sociedad conozcan o ignoren esas verdades del Derecho. Todo está organizado para que la maquinaria siga funcionando. Y la tuerca, el tornillo, la rueda o la correa que no se ajusta adecuadamente al movimiento de todo el engranaje, será marginado, expulsado o triturado sin piedad.

 Resulta natural que sea así. Los románticos o ilusos o ignorantes de la lucha social pueden escandalizarse al comprobar cómo son las cosas del Derecho. Les falta saber que todo lo que existe tiene un derecho irrenunciable y un deber supremo que cumplir, que es seguir existiendo. Y lo hace sin miramientos, duela a quien le duela.

 Muchos están preñados de buenas intenciones y se esfuerzan por idealizar la realidad que comprueban cada día como implacable. Se tapan los ojos o miran para otra parte con la esperanza del avestruz.

 Ahora bien, la constitucionalización de los asuntos judiciales y administrativos puede humanizar el Derecho y acercarlo al ideal de justicia, dentro del orden establecido. Basta con que se garanticen el debido proceso, la protección de los derechos fundamentales y la correcta decisión.

El Nacional

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