Verdades sociojurídicas
El artículo que publicamos la semana pasada en esta columna, Garantías y Derechos, generó una lluvia de inquietudes que terminó inundando nuestro correo electrónico. Las preguntas que formularon fueron granizadas implacables y los múltiples juicios de valor que hicieron desbordaron nuestra capacidad de respuesta. Hoy nos proponemos razonar sobre una de las interrogantes de esas reacciones de los lectores: “¿Si tenemos tan buena Constitución y muchas garantías, por qué hay tantas violaciones a los derechos fundamentales?”.
La respuesta a esa tremenda pregunta puede ser muy simple y demasiado compleja a la vez.
Sería simple contestar diciendo que esa situación se da porque nos hemos organizado de manera acrítica como sociedad, aplicando parámetros jurídicos extranjeros, para satisfacer requerimientos foráneos y para adormecer legítimas aspiraciones nacionales; pero sin crear las condiciones sociales objetivas y subjetivas que sustenten adecuadamente ese ordenamiento constitucional y legal.
La complejidad surge cuando tratamos de desbrozar esa verdad que se irgue como las escarpadas montañas de Quisqueya antes de que la desforestación y la indolencia pública las convirtieran en lo que no deben ser.
Recordemos que el divorcio existente entre lo formal de nuestro sistema jurídico y su real aplicación se remonta a los tiempos de la creación de la República. Duarte y los trinitarios, como pequeños burgueses, soñaron con crear un país capitalista que se organizara democráticamente; pero despertaron con pesadilla porque el general Pedro Santana frustró esos ideales de la peor manera. Creó un Estado hatero y dictatorial, con una Constitución liberal, que realmente se convirtió en conservadora por su artículo 210. Hizo del presidente de la República un señor de horca y cuchillo, que era Santana.
Este representó al sector social de los hateros, los más atrasados. Eran los antiguos dueños de esclavos, y seguían siendo los dueños de las tierras y el ganado, con un ejército de campesinos pordioseros que atendían esas propiedades. Por eso Duarte tenía las ideas, pero Santana era el que tiraba hombres a la guerra.
La derrota de Duarte por Santana constituye la aciaga herencia que todavía sufrimos. Aquellos polvos, esparcidos también por Buenaventura Báez, Ulises Heraux (Lilís), Trujillo, Balaguer…, trajeron estos lodos económicos, sociales, políticos y jurídicos que asfixiaron a Hostos, Espaillat, PHU, Lugo, Bosch, Caamaño, y que no dejan que se materialice el orden Constitucional y legal que tenemos.
Lo que somos hoy es producto de lo que fuimos ayer. Y seguirá así hasta que alcancemos un desarrollo económico real, una clase social gobernante (no dominante), y cultivemos la conciencia política, nacional, social, de sujeto, de clase y de pertenecer a una comunidad. Cuando erradiquemos el patrimonialismo y el clientelismo. Entonces, el sistema de garantías y de derechos funcionará. Así sea.

