Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

¡Adiós, don Radhamés!

Hoy no tengo ganas de escribir. Pienso que todos deberíamos guardar silencio, un silencio absoluto y total. Ha partido para siempre, la perra muerte se lo llevó, uno de los periodistas más formidables que ha tenido la República Dominicana en toda su historia: Radhamés Gómez Pepín.

Quienes conocimos y tratamos con frecuencia a don Radhamés, sabemos que con su fallecimiento nuestro país ha perdido a uno de sus prohombres, a un ser capaz de la autenticidad humana que tanta falta hace en el mundo. Vivió intensamente, como solo viven los que se entregan al servicio de los demás, y en el más alto nivel.

Don Radhamés ejerció el periodismo como un sacerdocio. Nunca se sintió alto ejecutivo de prensa. No era hombre de vivir tras el escritorio, sino en carrera constante hacia la noticia. Era un reportero de alma y a tiempo completo.

Sabía corregir a los periodistas que tenía bajo su control con autoridad y dulzura. Hablaba tan claro y directo que cualquiera que no lo conociera podía pensar que estaba enojado.

Pero si lo miraban bien a los ojos y le descubrían la sonrisita maliciosa que manejaba, se daban cuenta que estábamos ante un espíritu superior que deseaba un trabajo bien hecho y colaboradores que se empoderaran de sus responsabilidades. Nunca ofendía, pero llamaba al pan, pan y al vino, vino. Ese era don Radhamés.

Recuerdo que hace unos veinticuatro años, cuando comencé a entregarle artículos para que me los publicara en este periódico, después de varios trabajos, me dijo: “Ciprián, sigue trayéndome tus colaboraciones, y lo único que te pido es que no cambies, que continúes escribiendo tus ideas con sinceridad.” Emocionado ante aquel hombre recio y de actitudes de abuelo sin debilidades, le di las gracias por sus palabras. Mientras tomaba algunas cuartillas que estaban sobre su escritorio, él me respondió: “Vete a escribir y nos vemos luego”.

Sabemos que don Radhamés siempre estuvo dispuesto a jugársela para salvar a otros, sin importar los riesgos que corriera su propia vida. De las muchas historias que se pueden hacer de su sentido humanístico, vale recordar con especial importancia su actitud ante el guerrillero Claudio Caamaño Grullón.

Después de la derrota militar de la guerrilla de Francisco A. Caamaño Deñó, don Claudio buscaba cómo evadir la cruel persecución balaguerista.

¡Nada más triste que un guerrillero, entrenado para combatir y sobrevivir en las montañas, cuando se ve en la necesidad de correr hacia la ciudad para no dejarse matar solo en la loma! Y más si en la zona urbana se da cuenta de que los revolucionarios que conoce, lo abandonan solamente por miedo, como le pasó a don Claudio.

Por suerte, don Claudio encontró oportunamente el corazón grande y la solidaridad sin límites de don Radhamés, quien le salvó la vida.
Don Radhamés Gómez Pepín vivirá en el recuerdo de todos los que respetamos su memoria. ¡Ha partido un gran periodista! ¡Paz a sus restos y fortaleza a sus familiares!

El Nacional

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