Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Rafael Ciprián

Restauración y derecho

 

Los dominicanos estamos celebrando el 153 aniversario del patriótico Grito de Capotillo, que dio inicio a la Guerra de la Restauración, la más popular y hermosa lucha en la búsqueda de nuestra identidad y soberanía nacionales.
En 1863 nació, con la fuerza de un volcán en erupción, una esperanza social y política de liberación que no se ha materializado todavía.

El pueblo se integró a esa gesta como un solo hombre, una sola mujer, un solo puño. Y no se detuvo hasta derrotar al imperio español, que nos dominaba por la ominosa anexión que había propiciado el hatero Pedro Santana.

Para nuestro presidente y general Santana, la Anexión a España era la salvación de su sector social, que languidecía en un proceso de rápida desaparición. El caudillo de El Seybo sabía o intuía que su poder no tenía soporte político interno, y lo buscó fuera, con la corona española. Y su acción fue tan desesperada y repudiable que convirtió una república libre en una provincia inestimada, un Estado soberano en una colonia.

Y de jefe de Estado pasó a ser un gobernador. Pretendió superar y llenar sus traumas y vacío de personalidad con el título de Marquez de Las Carreras, en alusión a una batalla en que brilló por su ausencia, pero que se atribuyó, como ladrón de gloria ajena, el triunfo.

En la Guerra de la Restauración, nuestros oficiales y soldados iban al combate sin uniforme militar, con ropas harapientas y muchas veces descalzos, con municiones y provisiones de boca, como un trozo de arepa, en un macuto. No tenían mochilas y, en ocasiones, el machete era su única arma. Frente al buen equipado y disciplinado soldado español, los dominicanos oponíamos la bravura y el patriotismo invencibles.

Peleamos con coraje, pero también con inteligencia. El general Mella supo dotar a las tropas nacionales de un instructivo de guerra de guerrilla que aniquilaba al enemigo. Lo hostigaba a toda hora, de día y de noche, sin descanso para ellos, y con combatientes frescos, que aparecían y desaparecían, golpeando y sembrando el terror, como pesadillas sangrientas. Así vencimos a España y así logramos nuestra regeneración nacional.

Ahora bien, toda esa grandeza histórica fue echada en una cloaca de intestinas y fratricidas luchas políticas, movidas por mezquinas ambiciones personales y grupales. Fue el caos. Dominó el conchoprimismo de la manigua y al grito de “Abajo el que suba”, nuestros gobiernos duraban meses en el Poder. La ausencia de medios de producción capitalistas y, por tanto, de relaciones sociales de producción burguesa determinaban la inestabilidad institucional que sufríamos.

Hoy la padecemos, con otros matices. Y así no podía sobrevivir la Segunda República. La mató la afrentosa ocupación militar norteamericana de1916-1924. Parió a Trujillo y aseguró que nuestra agonía continuara sin fin a la vista. No es pesimismo, es realismo.
Urge una nueva Restauración, que ahora debe ser con el Derecho Constitucional como bandera.

El Nacional

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