Principios jurídicos
Muchos de los fracasos, degeneraciones y amarguras que padecen las personas se deben, en lo fundamental, a que no son capaces de identificar los principios que deben rigen su accionar. Otros, que se colocan en la posición de los perversos, enarbolan los principios solo de palabras, sin ningún compromiso práctico con ellos. Peor aún, creen que son preocupaciones de ilusos, idealistas rematados. Por ese criterio viven de espaldas a ellos.
Los principios no son simples enunciados, que se toman o se dejan, o que se usan y se tiran, como si fueran servilletas estrujadas. Son normas superiores que orientan el recto actuar, el correcto vivir y la praxis mejor concebida.
Con los principios como norte, igual como hacen los navegantes con las constelaciones en las noches oscuras, en que sobresale la estrella polar, podemos transitar por la vida con la certidumbre de que nunca estaremos perdidos.
Si usted desea saber, por su calidad de ciudadano o persona consciente de su existir en sociedad, en qué político se puede confiar, basta con identificar al que es capaz de plantear sus verdades, aunque sean políticamente incorrectas. Es decir, que expresa su pensamiento a pesar de que comprende que en el momento en que habla la mayoría no estará de acuerdo con él. Pero lo hace porque confía en sus principios y tiene fe en el porvenir.
Está seguro de que las condiciones cambiarán, y trabaja arduamente para que se produzca la coyuntura que permitirá la transformación del estatus quo, para el bien de todos, con la protección de la dignidad y el decoro de cada uno.
En lo jurídico, Hard y Robert Alexis, doctrinarios universales, nos enseñaron que los principios son normas de optimización de las demás reglas del sistema, que nos permiten hacer mejor, en más alto grado, aquello que debemos hacer.
Todos los ordenamientos normativos tienen sus principios. El problema está en que sean respetados y aplicados. Afirmamos que si esos principios son adecuadamente interpretados y ejecutados, todos los sistemas jurídicos funcionarían con un nivel elevado de aceptación. Los principios transforman las iniquidades en justicia, los privilegios irritantes en derechos de todos y las arbitrariedades en sometimiento pleno al ordenamiento jurídico. Hasta los dictadores admiten hipócritamente que aman los principios.
Y tomándoles la palabra, los buenos jueces y la ciudadanía pueden llevarlos a su propia legalidad. No importa que peguen el grito al cielo de su cinismo o, mejor dicho, al infierno de sus inconsecuencias.
La Constitución está preñada de principios, que se desgranan desde su preámbulo. Y tenemos una gran cantidad de leyes que los reproducen y los enriquecen, como la 107-13, sobre los derechos y deberes de las personas en su relación con la Administración Público y de los procedimientos administrativos.
Principios como la dignidad, justicia, paz, solidaridad, igualdad, fraternidad nos eleven en la condición humana.

