Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Rafael Ciprián

Orgullo y Ley

Durante un reciente viaje que hicimos, tres de mis compañeros de aventura manifestaron que en la República Dominicana no tenían nada de qué sentirse orgullosos. Al oírlos, pensé que habían sido excitados por el progreso de “Los Tigres del Asia” y que se valían de la hipérbole para criticar el país.

Me quedé como Isabel viendo llover sobre Macondo. No deseaba contradicción. Pero continuaron con sus lamentaciones hasta despertar en mí el asombro, porque no hacían uso de un recurso retórico, sino que expresaban, con términos peyorativos, una convicción muy firme. Viene bien aclarar que los tres amigos son profesionales dominicanos exitosos, con alto grado de profesionalidad y de cultura general.

Como saben que no soy dado a mantenerme pasivo frente a temas de esa naturaleza, se extrañaron por mi silencio. Casi al unísono requirieron mi opinión sobre el punto.

Sabía que me estaban provocando, pero no estoy hecho para rechazar ese reto. Les dije que creía que estaban exagerando, que a pesar de los males y las frustraciones sociales, presentes e históricas, teníamos sobradas razones para sentirnos orgullosos de la tierra en que nacimos y nos hemos desarrollado.

Con caras de incrédulos, se miraron unos a otro y luego estallaron en una risotada que me hizo temer que un musulmán mal interpretara la situación y se sintiera ofendido por la espontaneidad de mis interlocutores. Coronaron su burla con una acusación terrible: “Ciprián, tú eres un iluso incorregible”.

Admito que vivo con ideales, y que estoy dispuesto siempre a poner mi pellejo para probar mis verdades. Para ellos eso es ser iluso. Bueno, me esfuerzo para no caer en esa debilidad.
Luego me solicitaron socarronamente que les diera algunas razones para sentir orgullo del país que compartimos. Les respondí que haber tenido a Juan Pablo Duarte y sus ideales, aunque pendientes de materialización, era un motivo de orgullo.

Entonces, les dije: Estoy orgulloso de Duarte, Ulises Francisco Espaillat, Luperón, Bosch, Peña Gómez y Caamaño; de Pedro Henríquez Ureña y de todos los dominicanos vivos que cultivan las ciencias, el arte y la literatura; de los que pelearon por nuestra libertad y soberanía, y de los que día a día trabajan para que el país salga del atraso en que lo mantienen, y los incluyo desde el año 1844 hasta hoy; siento orgullo del terruño, su fauna, su flora y, en fin, de la Constitución y de las leyes que debemos respetar y aplicar.

El Nacional

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