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Mitos judiciales.-
En la entrega anterior de esta columna afirmamos que la imparcialidad y la independencia en la administración de justicia son mitos. Están muy difundidos y bien vendidos. En la sociedad hay muchas personas que los han comprado. Confunden los mitos con la realidad.
Y planteamos también que la justicia sólo puede ser pronta, eficiente y eficaz, si cumple adecuadamente con lo que está llamada a ser. Basta con que llene estas tres cualidades para que estemos orgullosos de ella.
Los que piensan que la justicia puede ser imparcial e independiente viven en una pompa de jabón. Son víctimas de sus subjetividades. No distinguen las apariencias de las esencias.
Nunca el ser humano logra ser imparcial ni independiente en sus actuaciones, sin importar el lugar en que actúe o la naturaleza de lo que haga. Y la aplicación de justicia en la Tierra la realizan las personas, en sus cargos de jueces y demás operadores del sistema.
No podemos referirnos a lo que pudiera pasar en el cielo. Esa es tarea de otros autores.
Para ser imparcial es necesario ser químicamente puro. No existe una persona en el mundo que lo sea. Como nos enseñó Aristóteles, desde la Grecia clásica, todos somos animales políticos. Nacemos para vivir en sociedad, y las influencias, como las contaminaciones inevitables, son permanentes.
El inconmensurable José Martí nos enseñó: “No bien nace, ya están en pie, junto a su cuna con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, las filosofías, las religiones, las pasiones de los padres, los sistemas políticos. Y lo atan, y lo enfajan; y el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado.”
Ciertamente, así ha sido, es y será, mientras exista el ser humano.
Por tanto, toda persona tiene una ideología y es marcada por los intereses creados, a los cuales sirve, consciente o inconscientemente, o a los que combate, si tiene formación y conciencia política.
El juez, como todos los demás auxiliares de la justicia, está imposibilitado para ser imparcial. A lo sumo puede ser objetivo. Y eso es mucho.
Además, en la aplicación de justicia, la sociedad impone un sistema jurídico que debe ser aplicado, aunque sus normas tienen que ser interpretadas. Y los valores, principios y normas rectores de ese sistema obedecen a la correlación de fuerzas de los factores reales de poder que interactúan en el país. Los jueces solamente pueden matizar sus decisiones.
Por otra parte, la independencia interna o externa de la justicia es imposible, por lo dicho precedentemente. Los sectores dominantes, que controlan el Estado, no lo permiten.

