El libro de Angelita Trujillo, Trujillo, mi padre, desató un tsunami de protestas y opiniones. Y como fenómeno de la naturaleza, el tsunami destruye sin discriminación todo lo que se encuentra a su paso. Es una fuerza bruta, incontrolable. Las protestas y las opiniones son buenas siempre. Aunque no estemos de acuerdo con sus motivaciones o acciones, aportan elementos para la revisión. Pero hay que tener mucho cuidado. Lo que es bueno puede desnaturalizarse, perder su efectividad y razón de ser.
Trujillo, mi padre es un libro escrito por la hija del tirano Rafael L. Trujillo Molina. Gobernó nuestro país por 31 años. Fue un sociópata, sicótico y sicópata. Fue asesino y ladrón. Un ejemplo de lo que no debe ser. Su régimen, una horrorosa pesadilla. Aún la estamos sufriendo. Pero la hija mimada no puede hablar mal de su padre. Ella disfrutó de la bondad y ternura de la hiena ensangrentada. Eso hay que comprenderlo.
La autora afirma en su obra que la orden para matar a las hermanas Mirabal no la dio su padre, sino el coajusticiador de Trujillo y héroe nacional Luis Amiama Tió. Esa es la causa del tsunami lingüístico. No se han aportado pruebas que avalen semejante aseveración. Los familiares de Amiama Tió, relacionados y todos los que tenemos memoria y sensibilidad, debemos sentir indignación. Está justificada. Pero no tenemos facultades para violar la Constitución, la democracia y los derechos fundamentales de la autora. Ejercer el oportunismo, el populismo y las ganas de lucir más patrióticos que los patriotas en esta coyuntura es un garrafal error. Revela el grado de atraso y sinrazón de algunas autoridades.
Si en el libro Trujillo, mi padre hay injurias y difamaciones existen las vías legales para actuar. El aparato judicial debe funcionar. La institucionalidad tiene que jugar su rol. Pero jamás se deben desconocer los derechos ni violar la Constitución para castigar de hecho, sólo para hacerse graciosos, a una presunta violadora. El violador no tiene fuerza moral ni ética para sancionar a nadie.
El artículo 49 de la Constitución consagra: Toda persona tiene derecho a expresar libremente su pensamiento, ideas y opiniones, por cualquier medio, sin que pueda establecerse censura previa. Y protege también el derecho de réplica y rectificación; el honor y la intimidad; la dignidad y la moral de quien pueda ser afectado. La democracia impone que cada uno ejerza libremente sus derechos. Coartar esos derechos es negar la Carta Magna, el orden democrático y el Estado de derecho.
Los antitrujillistas de ocasión, que se escondieron durante la Era del tirano, hoy son oportunistas. Actúan como Trujillo. Reproducen sus métodos. Son trujillistas encubiertos. Un libro nunca debe prohibirse. Hay que estudiarlo; luego, criticarlo. Crear el combate de las ideas. El debate enriquece. No teman a la discusión. Lo demás, en el Estado Social y Democrático de Derecho, da vergüenza ajena.

