Puede que el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) haya legitimado el repudiable golpe de Estado en Paraguay al declarar que la situación no es grave, pero sí delicada. El hecho de que no hayan ocurrido revueltas, que es en lo que se ampara José Miguel Insulza, no resta gravedad a la interrupción del sistema institucional a través de un nefando subterfugio constitucional. Contra el presidente Fernando Lugo lo que hubo fue una conspiración de la mayoría legislativa que se reparten los dos grandes partidos, uno de los cuales, el Liberal, era aliado al Gobierno. La gran incapacidad de Lugo, quien en definitiva tampoco pudo ejecutar las reformas que se proponía, fue tocar los intereses de los grupos económicos poderosos. Los paraguayos se han decantado por esperar una salida pacífica a la crisis en lugar de lanzarse a las calles en reclamo de que se respete la voluntad popular. Se trata de algunos de los factores que tiene que tomar en cuenta el secretario general de la OEA como parte de la restauración del orden institucional en Paraguay. A diferencia de lo que ha opinado, la situación es grave y delicada, y bajo ninguna circunstancia se puede consentir que los golpistas se salgan con las suyas. Basta lo de Honduras.
Crimen espantoso
Son gritos de alerta muertes tan perturbadoras como las de un joven decapitado en Bonao para despojarlo de 20 mil pesos y una Passola, y la de un estudiante de 17 años de edad, ocurrida en el sector Los Mameyes, a causa de un disparo, para quitarle un celular. Greibi Acosta Ramírez, a quien sus padres definieron como estudioso y tranquilo, cursaba el cuarto de bachillerato en el liceo Manuel Rodríguez Objío. La siniestra criminalidad, que esparce sus garras por todos los confines del territorio, se ha cobrado la vida de otra persona útil y sumido a las familias y la sociedad en el dolor y la rabia. Cayó a manos de una banda de malhechores que ha encontrado en la criminalidad y la delincuencia el mejor medio de subsistencia. Los casos de Bonao y Los Mameyes exponen no sólo los niveles de inseguridad que priman en la población, sino el inquietante derrotero que desde hace tiempo trilla la sociedad dominicana. Hay que prestar atención al contenido de la ola criminal.

