El dengue ataca, pero las autoridades no se duermen. Contraatacan tanto en materia preventiva como curativa para evitar que los 80 casos que se han detectado en los últimos 30 días se conviertan en epidemia. La jornada sanitaria no se limita sólo al dengue, que ha inundado de pacientes hospitales como el infantil Robert Reid Cabral, sino que incluye malaria, leptospirosis y otras enfermedades infectocontagiosas. Se trata de males muy difíciles de evitar en un medio plagado de problemas sanitarios, lo que no significa, sin embargo, que su incidencia no pueda reducirse. Que los casos de dengue se hayan multiplicado con relación a igual período del año pasado no implica descuido del sector salud. Se sabe que hay una realidad que escapa al control de las autoridades sanitarias. Las lluvias y los fenómenos atmosféricos suelen incidir en la propagación del dengue y otros males infectocontagiosos. El ministro de Salud Pública, Bautista Rojas Gómez, no ha perdido tiempo ni escatimado recursos en la prevención y combate de enfermedades que cada cierto tiempo atacan a la población. Por ahora se han tomado las medidas que demandan las circunstancias. Pero tampoco se puede bajar la guardia.
Lección macabra
No es ni más ni menos que una lección macabra el caso del hombre quemado vivo por una multitud en Yamasá después que violó y mató a su pareja. El acto salvaje que costó la vida a Pedro de la Cruz (Checheré) refleja la indignación que ha cobrado cuerpo en la población frente a las feminicidios y la impunidad. De la Cruz tenía tres meses que había obtenido su libertad después de cumplir prisión por la muerte de un hermano. Pero también había estado preso por robos y otras fechorías. La muerte de su pareja Teresa Severino, de 59 años, fue la gota que colmó la copa en los residentes de Loma del Llano, Yamasá. Una multitud decidió tomar la justicia en sus manos, lo que también representa un mensaje para las autoridades, y darle una muerte digna de sus acciones. Pero la acción es censurable, por más irritados que pudieran estar con la impunidad, pues los linchamientos no se corresponden con una sociedad regida por leyes y organizada en un Estado de derecho.

