El incendio que consumió 17 centros comerciales en San Francisco de Macorís, ocasionando pérdidas por unos 250 millones de pesos, sacó a relucir una realidad espantosa: la carencia de hidrantes en la ciudad. Para sofocar el siniestro, los bomberos, que de un tiempo a esta parte cuentan con equipos y modernas unidades, apenas localizaron una fuente para abastecerse del líquido.
Es inconcebible que una de las ciudades más prósperas y desarrolladas del país apenas dispusiera de un hidrante. Mejor ni imaginarse el resto.
Pero ahora vendrán las explicaciones y justificaciones, y en definitiva nadie será responsable del percance afrontado por los bomberos para aplacar el voraz incendio. Tampoco habrá a quien reclamarle. Los comercios afectados en un edificio centenario, localizado en el mercado viejo.
La desgracia ha tenido un efecto devastador. Aunque no hubo víctimas la mayoría de los propietarios lo perdió todo y muchas personas se han quedado sin empleo. De no ser por el problema con el agua que afrontaron los bomberos tal vez los daños hubieran sido más reducidos. La escasez de hidrantes es una de esas verdades que evidencian las precariedades que a las autoridades tanto les cuesta reconocer.

