Página Dos

RADAR

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“Estamos cansados de vivir en medio de los malos olores y tener que compartir con personas incultas, que sólo han venido al país a cometer diferentes delitos, como robos, atracos y hasta violación”, expuso una de las participantes en la protesta en Santiago contra la presencia haitiana en esa ciudad. Que los santiagueros amenacen con tomar las leyes en sus manos para echar por la fuerza a los haitianos que residen en sus barrios es tan pernicioso como la discriminación y el prejuicio que matizó la movilización patrocinada por organizaciones comunitarias y juntas de vecinos. Es verdad que hay muchos haitianos que residen y trabajan en forma ilegal en el país. Pero también ocurre con miles de dominicanos en Estados Unidos. Son las autoridades y no los ciudadanos las llamadas a intervenir frente a cualquier tipo de violación en que incurra cualquier extranjero. Nadie está facultado para suplantar la autoridad por pésimas y peligrosas que sean las condiciones sanitarias en que residan esos haitianos que los santiagueros quieren echar de su territorio. Las inquietantes protestas son para que las autoridades tomen carta en el asunto. En tanto no se apruebe y aplique una ley de migración, conflictos como los de Santiago serán frecuentes.

Crisis nuclear

 La responsabilidad con que ha actuado Japón al clamar ayuda internacional para enfrentar la radiactividad en una de sus plantas nucleares ofrece, al mismo tiempo, una idea de la dimensión de la tragedia. Sus autoridades no se han refugiado en el orgullo que representa ser una potencia tecnológica, pero tampoco han optado por engañar a sus habitantes ni al mundo bajo el falso alegato de que la crisis está controlada. Consciente de su incapacidad y de las consecuencias de la radiactividad, los nipones han clamado auxilio de Francia y Estados Unidos para resolver el problema y evitar una catástrofe dentro y fuera del archipiélago. La fuga en una planta afectada por un tsunami no ha podido ser controlada por los ingenieros japoneses, que hoy por hoy figuran entre los más calificados del mundo. Pero por más encomiable que sea, su pedido  plantea una profunda reflexión. Se trata, sin duda, de un problema para el cual los japoneses no estaban preparados.

El Nacional

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