La Policía ha decidido, por fin, rescatar a Boca Chica de las garras de las pandillas que se habían adueñado de sus calles y de la seguridad y la tranquilidad de sus habitantes. El pánico cobró matices alarmantes el martes y el miércoles cuando la comunidad se convirtió en un campo de batalla entre bandas de delincuentes, con un saldo de un muerto y un herido. Fueron dos días bajo un virtual toque de queda. El comercio cerró sus puetas, la docencia fue suspendida en centros públicos y privados y el transporte fue paralizado como parte del ambiente de terror impuesto por las pandillas que a tiros limpios se disputaban los puntos de drogas. La Policía no tenía más que intervenir para rescatar una comunidad que tiene derecho a la seguridad y la tranquilidad, y que en Semana Santa es uno de los principales destinos de veraneo para amplios sectores. Lo ocurrido en Boca Chica puede ser un mal general, pero las autoridades tienen que enfrentarlo con determinación.
Motín en San Felipe
Dos motines en una semana en la cárcel modelo de Puerto Plata, cada uno con un saldo de varios heridos, cuestionan aún más el sistema penitenciario. No hay por qué llamarse a engaño pintando un cuadro desmentido a cada momento por la realidad. Tanto las sospechosas fugas de reclusos, de lo cual no se quiere ni hablar, como la tardanza en los procesos judiciales y los frecuentes motines describen un sistema carcelario ineficaz e inhumano. Los reclusos del Centro de Rehabilitación y Corrección San Felipe se amotinaron el lunes en protesta por la alimentación y contra el retiro de cuatro monitores de la sala audiovisual. Como el incidente se aplacó con el uso de la fuerza, y no mediante negociaciones, los reclusos volvieron a amotinarse este miércoles.

