Página Dos

Radar

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En tanto la ciudadanía se expone a la inseguridad que suponen los huecos en las calles y aceras por el robo de las tapas de los filtrantes, al margen de la delincuencia, las autoridades parece que definitivamente se han rendido ante una práctica que sigue su agitado curso.

 Hubo una época en que se hizo mucha alharaca frente a los desafiantes robos de metales, con medidas y sometimientos que, si acaso, sirvieron de muy poco. 

Cables de puentes, instalaciones eléctricas, verjas, estatuas y todo lo que contenga algún material de bronce ha sido atacado por experimentados cacos. Ni siquiera la iluminación de los parques de diversiones ha escapado al negocio del robo de metales. Personas  que se desplazan en camionetas, motocicletas y que cuentan con las herramientas adecuadas para cargar con piezas que son difíciles de desprender figuran como principales sospechosas de la operación.

El asunto ha llegado al colmo de que ahora se llevan hasta los tanques de la basura, como contó una vecina de Gazcue, quien dijo que ha tenido que comprar cuatro depósitos en un solo mes. Los ladrones de metales tornan la ciudad cada vez más plástica, aunque también más insegura para conductores y peatones. Parece un ¡sálvese quien pueda!

El Nacional

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