El sector patronal ofrece una buena señal de resolver el impasse sobre el aumento salarial con la oferta de aumentar entre un 15 y un 20 por ciento del salario mínimo. La mejoría es para que los sindicalistas se reintegren a la mesa del diálogo y abandonen un radicalismo que en nada beneficia al trabajador. Al margen del Comité Nacional de Salarios, la burocracia sindical no cuenta con ningún otro medio para presionar a los empleadores sobre un reajuste salarial conforme a la realidad del mercado. Por culpa de su misma burocracia el sindicalismo ha perdido la incidencia y el respeto que tenía en otros tiempos. El diálogo es, pues, el mecanismo más adecuado para discutir un reajuste que los empleadores reconocen, aunque no sea en proporción a las necesidades de los trabajadores. Es verdad que en el diálogo priman las coartadas, pero es bien sabido que se trata de negociaciones y no de imposiciones. Sin embargo, no se puede negar que los empresarios han afrontado múltiples dificultades ni se puede pretender un reajuste que conspire contra la empresa o el empleo. Resulta hasta contradictorio que los empresarios sean más flexibles que los sindicalistas en las conflictivas conversaciones.
Subero y la Iglesia
La Iglesia Católica no ha puesto la otra mejilla frente a la indignación causado por su sermón de Semana Santana en la Justicia y otros sectores. Pero tampoco ha reaccionado con la misma prepotencia de los funcionarios criticados en su urticante mensaje. Con la moderación propia de su misión el secretario general de la Conferencia del Episcopado, monseñor Francisco Jiménez, admitió que la Iglesia no está libre de pecado, porque está integrada por seres humanos. Pero advirtió, eso sí, que su deber es denunciar y no encubrir lo que está mal, para que se hagan las investigaciones. Molesto por las críticas del Epicospado sobre los tribunales, el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Subero Isa, emplazó a que tirara la primera piedra el que estuviera libre de pecado. Disgustó a Subero Isa que la Iglesia denunciara que por supuesta ineficacia de los tribunales las calles estén repletas de delincuentes y las cárceles de inocentes. ¿Será como dice la Iglesia Católica?

