Los empresarios del transporte son, con los senadores y diputados, una de las más infame casta de privilegiados que drenan el erario. Una reseña de la periodista Niza Campos, en la edición de ayer de Diario Libre, da cuenta de que en los últimos cuatro años los transportistas se han embolsillado 2,332,785,420 sólo por concepto de subsidio al gas licuado de petróleo.
El monto es adicional a los 3,222,809,331.88 que recibieron en los últimos 18 meses por la subvención al gasoil, así como al Bonogás a unos 20 mil choferes.
Y como si todo eso fuera poco, la reforma fiscal que entró en vigencia este año consignó 2 pesos por galón que serán destinados a los empresarios del transporte para supuestamente renovar la flotilla de vehículos. Mientras la Omsa languidece y el Metro sigue lejos de resolver el problema del transporte, los empresarios del sector viven a cuerpos de rey. Tan cómodos, que se permiten hasta crear movimientos políticos para fomentar el clientelismo, el chantaje y la demagogia.
Los que padecen las de Caín son los miles y miles de usuarios del caótico e inseguro sistema de transporte de pasajeros. Aunque los millonarios recursos con que el Gobierno alimente a la casta de transportistas salgan de sus costillas.
