Ramfis cobró mil dólares a su papá por cada expedicionario del ´59 fusilado en cárceles

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El doctor Guido D’Alessandro Tavárez habló poco antes de morir, del rompimiento de su amistad con Ramfis Rafael Trujillo Martínez.

Durante una entrevista concedida al “Listín Diario”, mi amigo Yuyo situó ese momento como aquél durante el cual se iniciaron las criminales pero sobre todo sádicas acciones contra los jóvenes llegados los días 14, 21 y 22 de junio de 1959.

Yuyo era concuñado del primogénito varón de Rafael L. Trujillo Molina. Yuyo casó con Josefina y Ramfis con Altagracia Ricart, hermanas de padre y madre.

Tras la invasión, Ramfis Trujillo inició un proceso de torturas y asesinatos de estos idealistas, jóvenes deseosos de ofrecer una nueva época de libertades políticas y civiles a los dominicanos.

Prácticamente todos los militares de alto rango debieron convertirse en matadores.

Los amigos de Ramfis fueron llamados, por igual, a disparar contra los jóvenes patriotas, sometidos a torturas antes de recibir las descargas de armas de fuego.

Yuyo debió asistir a una de las sesiones ofrecidas por Ramfis como un espectáculo. En ese momento, contó él, se inició su propósito de romper con el régimen. Se radicalizó su determinación cuando fue incitado a formar parte del grupo de asesinos.

Hans Paul Wiesse Delgado contó en una biografía de Trujillo, casi una radiografía de ese tiempo final del régimen, de la factura pasada por Ramfis a su padre, en cobro de cada vejatoria muerte así infligida.

Mil dólares le requirió a su padre, les fuesen aprobados como pago por cada joven sacrificado bajo estas condiciones, conforme escribió Wiesse Delgado.

Conocí, en 1965, al Capitán de Navío Enrique Guzmán, M. de G., sustituto del Coronel Dr. Emilio Ludovino Fernández, E.N., al frente de la oficina de Enlace entre el Poder Ejecutivo y las Fuerzas Armadas.
Me contó en algún momento, del día del llamado del Servicio de Inteligencia Militar, SIM, para presentarse en la oculta cárcel del kilómetro 9 de la Carretera Mella. Quizá debido a cuanto conocía sobre este llamado, se preparó mentalmente para enfrentar la orden.

Al llegar, contempló cómo otros colegas de armas -militares o policías de media o alta graduación-, estaban obligados a tirarle con pistola o revólver, a un detenido, amarrado.

Guzmán, en esos días alférez de fragata, no pudo hacerlo, al llegarle el momento. Sintió náuseas, conforme contó, y tras vomitar, se mareó.

Despertó porque Candito Torres Tejeda, también marino, lo pateaba llamándole cobarde. Fue suspendido, por supuesto, como otros en igual situación. Fue readmitido tras la eliminación del régimen de Trujillo, en 1962.

Por su parte, Yuyo inició contactos para crear un movimiento opositor. Perseguido tenazmente por su pariente político, salió del país. Encontró escondite en casa de la familia Gianni, italianos cuyo padre ejercía entonces como agregado de la embajada de Italia en el país. Salió del lugar vestido de sacerdote, para embarcarse rumbo a Europa.

Por cierto, a esta misma familia tocó esconder a uno de los héroes del 30 de mayo, don Antonio Imbert Barrera.

Esta huida tuvo su costo. Su hermano Aldo, enrolado en el movimiento surgido tras la invasión, fue asesinado. Se despojó a la familia de la representación de líneas de importación de fabricantes italianos como Fiat, Olivetti y Vespa.

Para disimular el despojo se le otorgaron acciones de empresas de Trujillo de escaso valor.

Yuyo pasó, desde el exterior, a transmitir desde Radio Swan, programas antitrujillistas junto a don Juan Isidro Jiménez Grullón y Mario Read Vittini.

El movimiento propulsado luego de romper con Ramfis, junto a su tío Manuel Aurelio Tavárez Justo, fue develado en enero de 1960. Yuyo fue condenado en contumacia a treinta años de trabajos públicos.

Su abuela materna, doña Isabel Mayer, fue apartada y perdió el poder político disfrutado durante largos años.