Esta columna estaba supuesta a no salir tampoco estaba semana debido a mi periodo de vacaciones en la empresa. Pero una conversación inconclusa sobre el ADN con el director del periódico Hoy, licenciado Bienvenido Alvarez Vega, ha motivado que la publique para fundamentar las reservas que le expuse, y que a él le resultó irónico, sobre la inteligencia como herencia genética. Sabemos que la herencia es la manera en que se transmiten, de generación en generación, características fisiológicas, morfológicas y bioquímicas de los seres vivos.
Pero como todavía, a pesar del enorme salto del genoma humano, no se ha demostrado que existen genes especiales, asumo que esa transmisión está condicionada a factores como la salud y el ambiente. Hasta pruebas en contrario.
De que estoy muy lejos de la ciencia, tal vez a más de mil años luz, huelga reconocerlo. Pero no como para ignorar la incidencia del ambiente en la formación, de lo cual se pueden citar miles y miles de casos. Pienso que no se precisa de una base científica para desglosar la ecuación según la cual la probabilidad de que hijos de enfermos nazcan enfermos es elevadísima.
A través de la historia se ha comprobado que los superdotados han contado con un ambiente propicio que ha posibilitado su desarrollo cognitivo. Esos genes especiales que se atribuyen a familias con una gama de personas bien dotadas pueden ser biológicos por el factor salud, comunes a cualquier persona sana, pero las habilidades son esencialmente ambientales. No se trata de nada nuevo, pues desde hace muchos años, los jesuitas proclamaban que podían responder por la conducta de un adulto si se ocupaban de la educación del niño.
Si hay familias de personas estudiosas y preparadas es porque tanto la salud como el ambiente lo han determinado. No porque hayan sido privilegiadas con genes especiales. No pretendo demostrar nada, sino sólo fundamentar la reserva que expuse. A lo mejor estoy equivocado.

