Dos hechos lamentables
El sol es tan inmenso que resultará siempre imposible pretender taparlo con un dedo, de eso no cabe la menor de las dudas.
La sociedad dominicana vive en estos momentos la escalada de violencia más grande de nuestra historia republicana, lo que por momentos nos hace perder la capacidad de asombro, muestra fiel de que nos acostumbramos y ya hasta lo aceptamos como algo cotidiano.
El luto en esta ocasión tocó las puertas del béisbol dominicano
con el repudiable, brutal y lamentable asesinato del otrora carismático
y pintoresco lanzador nativo de Nigua Pascual -Cutá- Pérez.
Lo indignante es que
el móvil pudo ser el robo del dinero que recibe como pensión por sus años de labor en el béisbol de las Grandes
Ligas. Mataron a un hombre enfermo de
manera inmisericorde,
a martillazos y machetazos para destrozar
de dolor a una familia de lanzadores para los que siempre fue la inspiración.
El grado de descomposición de la sociedad dominicana alcanza
un grado tal, que ni siquiera las grandes figuras deportivas de siempre están a salvo y la drogadicción juega un papel de primer plano
si se toma en cuenta que en la mayoría de
los casos están involucrados jóvenes menores de edad, que bajos los efectos de esas sustancias son utilizados por mayores para esos
macabros fines.
Me pongo en el lugar
de Mélido, Carlos y Vladimir y me imagino el dolor y la impotencia que sienten ante este hecho que enluta la comunidad de Nigua y toda la sociedad, y que envía un claro mensaje de que nadie está exento de la galopante delincuencia que se adueña del país en todos
sus estamentos.
El otro caso bochornoso y repudiable fue la balacera que escenificó
el fanático Rafael Sánchez Caro en el estadio Quisqueya, luego de que fuera sacado por la seguridad supuestamente junto a un legislador,
de quien nadie se ha atrevido a identificar, que según las informaciones, borrachos le agarraron los glúteos
a una de las bailarinas de los Leones del Escogido.
En una actitud claramente alevosa, Sánchez fue a su vehículo y se armó de una pistola con la que regresó y disparó por lo menos en ocho ocasiones, hasta que la seguridad del estadio lo sometió a la obediencia.
Tratar de minimizar o disminuir la gravedad de este hecho bajo el alegato de para no hacerle daño al torneo de béisbol profesional,
es una irresponsabilidad que repudiamos porque aunque no hubo nada que lamentar, es otro hecho insólito que confirma la decadencia de los buenos modales de una sociedad.

