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Rectas duras y pegadas

Rectas duras y pegadas

La decisión de los miembros de la Asociación de Escritores de Béisbol de América, responsables de elegir a los jugadores que ingresan al Salón de la Fama de Cooperstwon, cometieron lo que puede considerarse un “soberano disparate”.

Que ningún jugador de una lista cargada de luminarias no haya alcanzado el por ciento requerido para ingresar a la inmortalidad lo dice todo, porque con su actitud se les vio el refajo, asunto de doble moral y afán de pasar factura a los principales jugadores de la llamada “época de los esteroides”.

La máxima que reza en latín: “Permittiur quod non prohibetur”, que se presume que está permitido lo que no está prohibido, es el principal argumento que se puede esgrimir para rechazar la actitud de los miembros del jurado, porque para nadie es un secreto que la mayoría de los peloteros de las Grandes Ligas experimentaron con ese tipo de sustancias.

Desde el mismo momento que el Congreso norteamericano decidió “meter la cuchara” en el asunto, sostengo la tesis de que los esteroides ni batean, ni lanzan y no aparan, que para lograr sobresalir en cualquiera de estos tres aspectos hay que contar con condiciones excepcionales.

Pongo como ejemplo el caso del cubano José Canseco, que su rendimiento, sus números finales en la Gran Carpa, no se compadecen con el uso y abuso de sustancias anabólicas.

El hecho que Barry Bonds, para mí el mejor jugador de la historia, Roger Clemens y Sammy Sosa  hayan recibido 36,2, 37,6 y 12,5 por ciento de los votos respectivamente, es una muestra clara del ensañamiento en su contra, deliberado afán de querer enviar un mensaje, una medida ejemplarizadora… nada más falso.

La sincronización de cuerpo, balance y vista para batear una pelota o lanzar, es inacto y es una habilidad virtuosa que no se logra con el uso de esteroides.

La doble moral es tal que para premiar siete veces a Bonds como Jugador Más Valioso y otorgarle en siete ocasiones el premio Cy Young a Clemens no hubo cuestionamientos, se reconocía su extraordinario talento, uno de ofensiva y el otro del pitcheo.

Si esas hazañas alcanzadas por estos ilustres peloteros no tienen ningún méritos, pregunto, para qué exhibir en vitrinas del salón de la fama de Cooperstown sus bates, guantillas, uniformes, zapatillas y guantes.

Yo en su lugar, me apersonara a Cooperstown y me llevara mis pertenencias, así de simple, para enseñarles a no ser tan incoherentes.

El Nacional

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