En el fascinante mundo del deporte existe una competición llamada carrera de relevo donde los miembros de un mismo equipo se van reemplazando sucesivamente a lo largo del recorrido cubriendo todos distancias iguales combinando velocidad, destreza y coordinación para alcanzar la meta final y lograr la victoria del conjunto.
No existe una actividad que más se parezca a la vida real y su compleja dinámica existencial como el deporte donde deben coexistir en armonía sus diferentes actores bajo un liderazgo cuya dirección y estrategias puedan sacar lo mejor de cada integrante del equipo y hacerlos triunfadores.
Tanto en el deporte, como en las empresas e instituciones y en la vida personal existe una realidad que no podremos evitar ni detener y es el tiempo que avanza implacable recordándonos en cada segundo que no seremos eternos ni insuperables y que llegará un día en que otro relevo asumirá nuestro rol y así sucesivamente continuará este ciclo.
Como describió ese gran cantautor y escultor de reflexiones y sentimientos, Alberto Cortez, en su canción de “Parábola de uno mismo” donde nos describe magistralmente esa realidad que enfrenta cada ser humano o líder cuando va perdiendo su rol de protagonismo y supremacía terminando a solas consigo mismo.
Nos decía; “Uno va subiendo la vida de a cuatro los primeros escalones, tiene todas las luces encendidas y el corazón repleto de ilusiones.
Uno va quemando energías, es joven, tiene fe y está seguro, soltándole la rienda a su osadía, llegará sin retrasos el futuro. Y uno sube flotando como un globo en el espacio, los humos los confunde con las nubes, subestimando a todos los de abajo. Uno sigue sumando vanaglorias y ambiciones, no sabe en realidad lo que persigue y va de distorsión en distorsiones. Uno es un montón de etiquetas, es un escaparate, un decorado ,un simple personaje de opereta, un fruto de consumo consumado.
Uno es una simple herramienta que tiran cuando ya cae en desuso, uno lo sabe, pero no escarmienta, sigue aferrado a la ilusión que puso. Y uno piensa que siempre seguirá en el candelero, que nunca ha de vaciarse su despensa, que queda mucha tinta en el tintero.
Uno sigue cautivo de su imagen caminando, el ego desbordado no concibe, que muchos otros vengan empujando. Uno va teniendo evidencias, ya no recibe flores ni palmadas, rechaza que empezó su decadencia, que va por la escalera de bajada.
Uno alza su voz de protesta, suplica por seguir estando a bordo y duda cuando nadie le contesta, si se ha quedado mudo o si son sordos. Uno queda solo en la mesa negando su pasado amargamente, le cuesta confesar que ha sido presa de un canto de sirenas permanente. Uno es una isla desierta, un médano en el mar, un espejismo, empieza por abrir todas las puertas, y termina a solas con sí mismo”. Por ley de vida aprendamos que somos relevo y seremos relevados.

