Lo conocí en el liceo Paraguay de Ciudad Nueva, que con sus ladrillos rojos machihembrados en los pasillos, que permitían la entrada de aire, pero no así la de los rayos del sol.
Vi cientos de veces su sonrisa acrisolada. Su verruga encima del labio le daba un toque sui generis.
Sus inquietudes sociales a temprana edad lo elevaban al cenáculo de la juventud trabajadora y estudiosa.
Discurrían los tormentosos años setentas, en que un oficial de la policía llamado Polanquito hacía estragos reprimiendo a diestra y siniestra a inermes estudiantes de ese centro de estudios, protagonistas de vociferar consignas antibalagueristas.
Ya para esos tiempos, René Japa llevaba encima de sus orejas el lápiz de carbón que lo delataba como “Made in Baní”, y el porte de colmadero se le notaba a leguas. Creo que para esos tiempos trabajaba en un colmado.
El deseo de llegar vivo a mi casa me hizo abandonar el liceo Paraguay. Dejé de ver a Japa por varios años, hasta que luego lo encontré nuevamente en las aulas de la UASD estudiando Sociología.
Por mandato de él escribí un artículo en su periódico El Detallista.
Pero… Japa se nos fue, y parafraseando al insigne escritor checoslovaco Julius Fucik, que nadie una la tristeza a su nombre.

