Opinión Articulistas

Renovar los partidos

Renovar los partidos

Eddy Olivares Ortega

La famosa advertencia de Hans Kelsen a los enemigos de los partidos políticos en el sentido de que “la democracia, necesaria e inevitablemente, requiere un Estado de partidos», debería ser un motivo para el cumplimiento efectivo de su funcionamiento democrático.

No se puede negar que desde hace décadas los partidos políticos han sido atacados, más que nunca, por sus detractores, bajo el argumento de que están afectados por crisis de legitimidad, afiliación y confianza ciudadana. En ese mal ambiente, hablan de desencanto democrático, para consolidar la percepción de estructuras cerradas, liderazgos perpetuados y desconexión con las demandas sociales.

A estos argumentos le responde Piero Ignazi, en Partido y Democracia, sosteniendo que esta crisis no debe interpretarse como el fin de los partidos, sino como una fase de transformación que abre espacios reales para su renovación.

Igual que Kelsen, el referido autor sostiene que los partidos siguen siendo actores insustituibles de la democracia representativa, agregando que no existe, hasta ahora, un mecanismo alternativo que garantice de manera estable la agregación de intereses, la formación de élites políticas responsables y la articulación entre sociedad y Estado. La cuestión central no es, por tanto, si los partidos deben desaparecer, sino cómo pueden adaptarse a sociedades más complejas, informadas y exigentes.

La renovación partidaria, según Ignazi, es factible si se producen cambios en tres dimensiones clave: la organizativa, la programática y la relacional, al tiempo que agrega que en el plano organizativo, los partidos deben abandonar estructuras excesivamente jerárquicas y opacas, abriendo espacios efectivos de participación interna.

La democratización de los procesos de selección de candidaturas y de toma de decisiones no solo fortalece la legitimidad interna, sino que también reconstruye la confianza externa.

En el plano programático, la renovación exige coherencia ideológica combinada con capacidad de adaptación. Ignazi advierte contra los partidos “atrapalotodo” vacíos de contenido, que sacrifican identidad por oportunismo electoral. Un partido renovado no es aquel que abandona sus principios, sino el que los reinterpreta a la luz de nuevas realidades sociales, económicas y culturales.

Esta visión dialoga, de manera crítica, con el clásico planteamiento de Robert Michels y su célebre “ley de hierro de la oligarquía”. Para Michels, toda organización compleja, incluidos los partidos, tiende inevitablemente a concentrar el poder en una élite dirigente, alejándose progresivamente de sus bases. Desde esta perspectiva, la renovación parecería una aspiración limitada, siempre amenazada por la lógica organizativa.

No obstante, Ignazi no niega la vigencia del diagnóstico de Michels, pero lo relativiza, señalando que la tendencia a la oligarquización no es un destino ineludible, sino un riesgo permanente que puede ser contenido mediante reglas, contrapesos y cultura democrática interna.

La diferencia entre decadencia y renovación radica en la capacidad de los partidos para reconocer ese riesgo y actuar conscientemente contra él.