La circunstancia de que una persona o un grupo finalicen el período para el cual fueron electos, no debiera ser, en principio, obstáculo para someter a la consideración de sus electores la posibilidad de agotar un nuevo mandato. Eso, sencillamente, lo decidirían quienes tienen en sus manos el derecho de decidir en una u otra dirección.
Eso se escucha muy bonito y no hay objeción al hecho de que se trata de una prerrogativa que debiera ser inalienable, tanto para quien se ofrece a continuar ejerciendo una función, como de quien le corresponde aprobar o rechazar.
Para que eso que se escucha como una maravilla muy sencilla, se concretice de forma impecable y en un escenario de equidad para todas las partes, se precisa de la reunión de determinados elementos que garanticen el carácter democrático del evento a través del cual se va a decidir.
Desde el instante en que aquellos que procuran la reiteración de su gestión en una posición de uso y abuso de los resortes que manejan en el desempeño de sus cargos y a partir de la inexistencia de órganos con la suficiente fortaleza para evitarlo, entonces lo que al inicio se nos presenta como algo inocuo, se traduce en una burda manera de perpetuación en el poder y de cercenamiento de las esencias del régimen democrático que supone la igualdad para todos.
Que conste, apenas me estoy refiriendo a la parte que se expresa en las miserias que la repostulación presenta en la fase del sistema que culmina con la ratificación o no de la gestión que pretende continuar. Se deja de lado en este análisis lo que concierne a la castración que una posible reelección genera en el surgimiento de liderazgos diversos, con todos los beneficios que eso implica para un colectivo, en tanto y en cuanto impide la aparición de los que terminan considerándose imprescindibles para la existencia misma del grupo de que se trate.
Esta última es la razón por la cual, en países de gran fortaleza institucional y democrática, está prohibida la repostulación en el ámbito presidencial y en otros, al menos de forma reiterada. Lejos de producirse una catástrofe al cesar en sus puestos personajes trascendentes, lo que suele suceder es la suplantación por otros dirigentes que viabilizan que el soporte de la institucionalidad no descanse en personas, sino en procesos.
El martes, vincularemos estas hipótesis a la realidad nacional.

