Suficientes razones tienen los que aquí dicen que la democracia representativa es la mejor forma de gobierno porque el pueblo se entrega por entero a la voluntad de un grupo que hace desde el poder lo que más convenga a sus propios intereses.
Para comprender lo beneficiosa que es la democracia representativa, basta con tomar como punto de referencia la que ha existido en el país después de la desaparición física del dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina.
En nombre de la democracia que padecemos, una minoría insaciable se ha enriquecido con los dineros del erario y las empresas estatales, sin que la vara de la justicia la haya alcanzado. Ha hecho de la impunidad un aliado consecuente para que el robo sea santificado.
Los que en la democracia representativa llegan a ocupar la función asignada al Poder Ejecutivo, tienen la ventaja de que manejan los recursos económicos sin necesidad de justificar en qué los invierten y, además , después que terminan sus gestión gubernativa disponen de seguridad para su persona y bienes, pagada por el Estado, y con un sueldo vitalicio, o sea, además de los dineros que se pueden robar durante el mandato, siguen recibiendo paga.
En otro orden, siguiendo con los órganos de la democracia representativa, la generalidad de los que van al congreso, además de recibir sueldos que no pueden justificar desde el punto de vista laboral, son favorecidos con exoneraciones de vehículos, jugosas dietas y con la posibilidad de obtener dinero por la aprobación de determinadas leyes.
Ciertamente, la representativa es la ideal para los que hacen de la política un lucrativo negocio. Resulta más rentable invertir en la democracia representativa que en una industria de zona franca.
En nuestro país son más los que se han hecho ricos por medio de la democracia que predomina aquí, que los que se han decidido por trabajar en el sector financiero, industrial o comercial. Y la ventaja que tiene el que hace dinero con la representativa es que goza de impunidad y cuenta con aliados nacionales y extranjeros.
No están equivocados los que han decidido incursionar en la política por medio de los partidos tradicionales, antes que hacer una carrera universitaria. Al politiquero no se le requiere ninguna condición de honestidad, capacidad y talento; le basta con formar parte de una organización del sistema, escalar una posición en el aparato burocrático, y entre más sinvergüenza y descarado más rápido progresa.
Para muchos la democracia representativa es un campo de batalla donde la ambición de pocos jefes se disputa a palmos la facultad de subyugar al pueblo, a costa de la inquietud y a veces de la sangre y miseria del mismo pueblo.
El dominicano merece disfrutar de una real y verdadera democracia, bajo la cual aproveche todo lo que ha dado la naturaleza y ha hecho el ser humano.
La representativa dominicana no representa a las grandes mayorías nacionales.
Es una democracia que condena a los que son los más a la miseria, el analfabetismo, la insalubridad, la falta de techo y a una vida insegura en el presente y para el futuro. La de aquí es una democracia de minorías.

