Debe prevaler una retórica funcional en el discurso de nuestros líderes políticos, opositores y gobiernistas. Lo cual incluye, de carambola, a críticos y analistas.
La vida particular de cada uno de ellos no es ajena al teatro en que despeñan su papel, como actores estelares y secundarios.
La gloria es digna de los participantes. Asumiendo, de igual forma, el riesgo de la derrota. Los espectadores deben conformarse con apostar, aplaudir o abuchear.
Adentrarse en los sentimientos de esos espectadores es la tarea persuasiva más exigente y compleja en la elocuencia de estos dirigentes.
Conectar de manera anímica con los sentimientos particulares y colectivos, de los cuales son partes la tristeza, la pasión, el padecimiento, la enfermedad, la salud y la alegría.
Hablar con la gente en su casa, su lar nativo y aproximarse a sus orígenes. Ponderar su modo de ser, peculiaridades y hábitos que hacen de cada pueblo o región un mundo especial, con valores, amores y odios propios e independientes.
Pero tales reglas no serían del todo eficaces sin la gracia del lenguaje.
Vincular las palabras a los resulados es ganar más de la mitad de la contienda.
De ahí la utilidad del dramatismo, la hilaridad y lucidez en la exposición.
El lenguaje seco y articulado es siempre árido.
Sin llegar el extremo del lirismo, es posible aún atrapar emociones a través de un comportamiento contagiante. Esto se logra con la sinceridad, escuchando, conversando y siendo parte de los sufrimientos y alegrías que abruman y exaltan a las personas.
La práctica política va, entonces, más allá de simples palabras. Es vivir y ser parte de problema. Identificarse con la gente. Vivir el día a día, con cada quien
