Los golpes o, acaso, los prejuicios se apoderaran de su comportamiento, en situaciones adversas ahora superadas. Para mandatarios como él, las cosas honestas, como los hombres honrados, no llevan sus razones, tan al alcance de las manos.
Debemos a Nietzsche la explicación de tales deformaciones.
Se plantea el reto de suprimir las autoridades políticas, sociales y morales que fortalecen las buenas costumbres y el estado de derecho.
Donde no hay razones ni leyes qué respetar, sino órdenes que atender como ocurre en su mandato-, el orden social, la decencia y la libertad escasean como muelas de garza. Sin embargo, en un régimen verdaderamente democrático donde se respeten los poderes del Estado, los farsantes con careta de liberales pasan a ser unos payasos, histriónicos y despreciables.
Harto probado en la actuación, haciendo el papel marcado por sus estrategas, reforzado por su original naturaleza apocada y sumisa, deja escapar su intolerancia reprimida, esta vez de una manera menos sutil.
Somete a sus adversarios a demostrar que no son cretinos en un banal juego mediático. Los enfurece y priva de las ayudas que el Estado prodiga.
Y él, para compensarse, en su íntima condición, derrocha estos recursos, a pesar de que no le pertenecen. Procura insultar y provocar a sus molestosos rivales, humillando, de pasada, a otra caterva de pordioseros arrodillados en busca de ayuda.
Realizado proveyendo y despojando, nos presenta el claro retrato de un tirano. No cabe duda.

