Los votantes, a gusto unos, forzados otros, tuvieron que escoger entre dos fantasmas supuestamente opuestos. Abundan quienes no entienden -o no quieren entender- que optar por un fantasma, a nombre de hacer lo que nunca se hizo, conduce a una nueva pesadilla.
Oportunismo, auto-engaño, estafa, ingenuidad, apego al deseo a contrapelo de la realidad y desconocimiento del ser social representado por la candidatura, se mezclan y entre mezclan para concluir pidiéndoles mangos a la guazábara que hubo de ofrecerlo.
Que si ética y moral, que si país productivo (¡con TLC!), que si cuchumil viviendas, que si erradicación de la pobreza, que si fin de impunidad
Todo dicho representando una parte de la partidocracia, doce años de silencio frente a tanta fechorías, montón de dinero espurio en gastos de campaña, fuertes ataduras clientelistas, férreas mancuernas con el gran capital criollo y transnacional, acerados grilletes institucionales a cargo de una poderosa mafia política, y una pesada deuda económica, social y moral en medio de la peor crisis del sistema capitalista mundial y de un espeluznante deterioro institucional.
Prefiero que me sorprendan, antes que augurar mejorías. Vislumbro un simple cambio de caras junto a pantallazos que no impedirán la pesadilla en marcha.
Las clases- nos decía Julio Raúl Durán, héroe de Junio de 1959- son las clases y de eso no me apea nadie; y las mafias en el poder -agrego yo- son mafias, ya sean empresariales, políticos, militares, policiales
Y ni las clases ni las mafias dominantes -menos aun los imperialismos que la representan planetariamente- se suicidan. Tampoco se auto-limitan en su voracidad.
Acceder al gobierno montado sobre ellas, financiadas por ellas, inmerso en un sistema de trampas, sobornos, abuso de poder y fechorías ejecutadas desde un Estado delincuente, no deja espacio para pensar en que el principal beneficiario político de esa realidad pueda tener vocación para actuar de manera distinta y construir sueños postergados.
Pensemos en el ser social y político, no simplemente el discurso electoral; mientras la ilegitimidad del poder ejecutivo en grado superlativo se le agrega a la ilegitimidad crónica de todas los poderes del estado y a la suciedad de bloque dominante.
No atisbo, pues, manera de cambiar el sistema político, el modelo neoliberal y las instituciones corrompidas (electas o no electas) , que no sea con un potente y masivo movimiento de ruptura que asuma la refundación del Estado dominicano vía Asamblea Constituyente popular.

