Opinión

Rutas del cambio

Rutas del cambio

Sólo una actitud de mezquindad o de egoísta conveniencia personal, podría conducir a alguien a negar la necesidad que tiene el país de producir un profundo cambio en el actual estado de cosas que lo definen. No se trata de una enmienda cosmética, ni de una simple suplantación de personajes que conlleve la preservación del estado de infuncionalidad que caracteriza la democracia nacional.

 Estamos refiriéndonos a un cambio que revolucione un sistema económico, social y político que, por haber demostrado a lo largo de 166 años su incapacidad para resolver los problemas seculares que padece esta nación, constituye la causa de los mismos. Esas formas en que hemos venido haciendo las cosas y la manera en que está estructurada la “institucionalidad” dominicana, son las responsables de que se hayan producido estos pésimos resultados. Eso es lo que urge intervenir como único mecanismo para revertir los acontecimientos.

Los esfuerzos desplegados en ámbitos distintos al político son trascendentes y, en su esfera de competencia, tienen validez, pero a partir de ellos no es posible provocar las transformaciones que demanda la sociedad dominicana. Todos los problemas que padecemos son de naturaleza política, en ese sentido, el tratamiento a aplicar debe proceder de la misma dirección. La política es el conjunto de ideas referidas a cada tema, vinculadas a los intentos por hacer prevalecer dichas ideas. El fracaso ha devenido en que las corrientes de pensamiento que han primado no tienen al ciudadano y a la colectividad como su epicentro, sino como objetos de beneficios particulares y espurios.

El triunfo de esas ideas no ha sido casual. A lo largo de nuestra historia, el sector conservador ha mostrado más pericia política, mayor espíritu de cuerpo, que los liberales, y sobre las torpezas de los últimos se han impuesto los primeros, con la agravante de que tantas derrotas no han propiciado las correspondientes rectificaciones y vemos cómo, en este final de la primera década del siglo XXI, se reiteran los mismos yerros que permiten presagiar la subsistencia del drama.

De no tomarse conciencia de esa desafortunada circunstancia y no producirse una redefinición en el ejercicio político que ha pretendido ser transformador, debemos prepararnos para la consolidación del dominio político de las fuerzas que vienen estableciendo sus dominios, con honrosas excepciones, a lo largo y ancho de nuestro devenir histórico. Un nuevo aniversario de nuestra inconclusa independencia, debiera ser punto de partida para estas imprescindibles reivindicaciones.

El Nacional

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