El sensacionalismo es la tendencia de muchos medios a producir sensación o emoción en el ánimo con noticias y sucesos de impacto. Y se remonta al siglo XVI con las gacetas alemanas y francesas que incluían notas sobre crímenes, dramas y chismes de la realeza, pero fue en la segunda mitad del siglo XIX que se asumió en Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos.
El sensacionalismo es una deformación interesada de la noticia, implica manipulación, engaño y burla la buena fe del público. Para José Darío Restrepo la televisión (particularmente) es un medio sensacionalista, cuando privilegia la vista y el oído sobre otras facultades del televidente.
Todo espacio televisivo, con carácter sensacionalista, sólo procura aumentar la sintonía y, por vía de consecuencia, su comercio, sumando cuñas publicitarias, lo que involucra un aspecto ético y lleva a Luis Ramiro Beltrán a calificar el sensacionalismo lacra del lucro.
Y es que mientras dueños de espacios televisivos incrementan sus ganancias los involucrados en los acontecimientos quedan destrozados y condenados a la muerte civil, siendo violado, incluso, su derecho de imagen, como ocurrió recientemente con una pariente del suscrito.
A veces quienes más demandan libertad de expresión, son los primeros en incurrir en delitos de prensa, a pesar de que el Código Penal condena la difamación y la injuria (ver artículos del 367 al 372), parece que algunas damas hermosas, máxime extranjeras, están exentas de sanciones.
No soy mezquino, y admito que algunos de sus trabajos están bien documentados, pero buscando mayor teleaudiencia y más publicidad (porque su labor está muy lejos de ser patriótica, como piensan algunos) en ocasiones caen en excesos, dañando nombres y reputaciones. Y muchos no se dan cuenta de esa realidad hasta que les difamen a alguien de su entorno.

