El episodio ocurrió estando mis tres hijos pequeños. Los acompañaba en una actividad recreativa dirigida por un animador infantil, quien instruyó sobre las reglas del juego a partir de cuyo cumplimiento se obtendrían las compensaciones ofrecidas.
Adiestrados como estaban a que en la vida hay que actuar de conformidad con lo procedente, acataron de manera estricta las órdenes, lo que no hizo la mayoría de niños participantes. Para el animador todo parecía transcurrir con normalidad y al momento de distribuir regalos la totalidad fue recibida por quienes no obedecieron el procedimiento. La frustración de mis muchachos, al quedarse sin un solo obsequio habiendo hecho todo lo indicado, no podía ser mayor.
Impulsado por una especie de resorte y rebelado ante el atropello, me dirigí donde el señor, le recriminé por lo que había hecho y aproveché la ocasión para reforzar en mis vástagos la idea de que el sentido de justicia debe prevalecer en todas las ocasiones, sin importar que en muchas de ellas nosotros mismos o personas vinculadas resulten perjudicadas.
Actuar de forma cónsona con un sentido de justicia y equidad, e intentar que siempre se imponga la verdad, no resulta fácil en un conglomerado donde tantos sujetos son movidos por intereses donde predominan las conveniencias particulares sin importar que detrás de esas actuaciones se escuden los peores sentimientos y las mayores iniquidades.
El reto principal que se nos puede presentar para evaluar nuestros niveles de coherencia con lo justo, lo verdadero y lo equitativo, es cuando nos corresponde asumir posiciones ante hechos en los cuales se ven involucradas personas que nos han hecho daño o con quienes hemos roto comunicaciones por una de esas circunstancias que surgen en la vida y que las nociones de respeto por nosotros mismos tornan insalvables.
En oportunidades como esas, podría calificarse como comprensible, por humana, una reacción de satisfacción ante el infortunio de quienes ayer te hicieron sufrir. Pero eso es propio de espíritus pequeños, actitudes mezquinas de quienes no han logrado comprender que las responsabilidades son individuales y que cada quien comparece, ante el inapelable tribunal de su conciencia, con las derivaciones tormentosas de sus inconductas.
Lo único válido, por un elemental sentido del decoro, de la dignidad y la integridad personal, es colocarse del lado de quienes son detentadores de la justicia y la verdad, con absoluta independencia de quienes puedan ser. Pasada la tormenta, cada quien a su lugar.

