El cine es la madre de todas las utopías. La mía, ser aquella pastora de cabras que avanzaba por el seco trillo de una montaña, en Corleone, cuando la vio Al Pacino y se enamoró como hay que enamorarse: como un rayo fulminante, una luz que se revela, un canto de pájaros, una súbita presencia de pequeñitas flores en los cactus circundantes.
Desde entonces Sicilia y el amor romántico han habitado en mi cabeza de poeta aburrida de enanismos y lugares comunes. Y a Sicilia hemos arribado con mis 70, y 80 años después, como el enamorado de la película El Padrino, para llegar con nuestra carga de ilusiones a la costa siciliana.
Una isla de Saba nos espera al llegar al aeropuerto. Inmensa y árida masa rocosa que, camino a Palermo se trasforma en un bestiario de fantásticos animales. Así, por kilómetros, un cocodrilo enorme nos acompaña, algo así como el Morro de Montecristi, pero más extendido, más largo, seco y arrugado como las rocas de que está hecho.
En las austeras casas, color ocre y rosado viejo, predomina la memoria del desierto en los jardines, donde estallan florecidos cactus de toda variedad, arecas, y trinitarias. Jardines donde las palmas fueron traídas por los colonos “indianos” que tuvieron éxito en nuestras islas, y que vamos identificando como vestigios de las colonias en el sur de España, o la costas de Barcelona, y en Palermo donde nos esperan la arquitectura del Vedado y Miramar en La Habana.
Hermoso este sobrio urbanismo, austeros palacetes con amplios balcones, persianas de madera, vitrales de cola de pavo real y balcones que parecen de encaje, tan distinta al despliegue de detalles de que alardea la arquitectura francesa, tan rococó y bellamente recargada.
Mañana iremos al teatro Mássimo, tercera Sala de Opera del mundo, después de la Viena y Francia, donde en la escaleras asesinaron a la hija del Padrino y un grito que supera al de Munich nos enseña como el dolor se instala en el imaginario mundial, vía el cine.
Mónica y yo nos desplomamos en las escaleras, ante el asombro de los circundantes, heridas de muerte por la nostalgia de nuestra temprana juventud. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, y el amor…, dice Silvio.
Ya en el Palco Presidencial, desde donde El padrino contempla embelesado el canto de su hijo, podemos presenciar un ensayo de la Cavalleria Rusticana y posteriormente los del Ballet, en un salón de ensueño. Nos pellizcamos.
Algo tienen las ciudades donde las rocas emergen y se hunden en el mar. Una energía, una fuerza de la naturaleza, un llamado cósmico a todo lo que es hermoso y permanente.
La vida es bella.

