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Este Roncagliolo se ha querido pasar de listo en su novela Memorias de una Dama. Un libelo que apenas alcanza una triste y ridícula categoría destinada al zafacón. Muestra, con saña, enorme desprecio por nuestro país. Irrespeta y muerde las manos que le dieron de comer, por sus embarradas prosas.
Los dominicanos ya hemos sido objeto del insultos, ingratitudes y no menos irrespeto por parte de otros peruanos que, como este Santiago Roncagliolo exhalan sus fracasos y amarguras, cebándose en una pequeña media isla que no tiene mayores culpas históricas que la de haber sido el primer faro de luz para todo el continente, baluarte de la primera universidad en la que formó a profesores, catedráticos y rectores fundadores de las demás universidades del Nuevo Continente, incluyendo la de Lima.
Memoria de una Dama es, como toda acción desesperada y mal calculada, un despropósito que la familia Minetti pudo evitarse, de haber creído en el país que le dio albergue, riqueza y amor.
En una especie de apostilla a esta novela, nada novelesca por cierto, me permito la licencia de agregarle un par de párrafos, a manera de apostilla. Pude haber conocido y ser vecino de la señora Diana Minetti. Sigamos la ficción, aunque mal pague.
Transcurrían los primeros años de la década del 1990. Estamos en Santo Domingo. Acudí en un par de ocasiones a las oficinas de Diana Minetti [la ficción de este Roncagliolo]. Un imponente edificio ubicado en el centro de la ciudad. Procuraba rentar un apartamento en el duodécimo piso de una torre de apartamentos en Naco, próxima a su empresa. Diana, como propietaria y administradora, nos atendió de manera exquisita. Cerramos contrato y pasamos a ser vecinos. Ella vivía en el último piso y yo en el doceavo, desde donde se dominaba casi toda la ciudad, incluyendo las azules aguas de nuestro mar Caribe.
Tuve suerte de ser recibido por la propia Diana Minetti. Solía estar fuera del país. Viví casi cuatro años en ese edificio y pocas veces pude encontrarme en el parque con ella. Siempre estaba viajando. En aquellos años era aún una mujer elegante, que conservaba la hermosura propia de su madurez y la distinción de una dama cultivada, con maneras exquisitas y finas. Conquistaba a quien trataba por unos minutos. Nos dispensó en todo momento un trato amable y cordial.
