Opinión

Sin referentes

Sin referentes

Tanto los pueblos, en su manifestación de grupo organizado en torno a propósitos comunes, como las personas en términos individuales, disponen de referentes que usan como espejos para verse reflejados en sus esfuerzos por alcanzar su identidad.

 La necesidad de referentes encarnados en sujetos de carne y hueso, es proporcional al escaso desarrollo físico y emocional de los seres humanos, o a la precariedad institucional de las sociedades. De esa forma, niños y adolescentes, por el delicado proceso de formación en que se encuentran, se tornan dependientes de modelos que les sirvan de guía en el camino vivencial que apenas inician. Los países, de su parte, cuando su institucionalidad resulta vulnerable, se aferran a personalidades  a las cuales atribuyen condiciones especiales y las siguen con devoción mesiánica.

 Una y otra -niñez y sociedad atrasada-, constituyen circunstancias de profunda debilidad, entes pasivos colocados en posición de subordinación psicológica ante los parámetros que les sirven de referencia. De ahí que, lo deseable es disponer de referentes positivos, líderes capaces de hacer transitar sus seguidores por caminos trascendentes, que deben consistir en hacerlos comprender que los intereses de las comunidades en las cuales interactúan, sea cual sea su naturaleza, una relación de pareja, un hogar, una asociación, la nación, deben estar colocados por encima de aspiraciones y anhelos personales.

 Es evidente que la más poderosa herramienta de la cual puede disponer alguien dotado de calidad de referente, es su ejemplo. Nada más contundente para encauzar conductas y actitudes que hacer coincidir discurso y hechos y, en idéntico sentido, nada más descalificador que asumir posiciones retóricas, hacer alardes de ellas y, con una ligera investigación, descubrir que se trata de una pose, una capa de barniz que sólo sirve para ocultar una superficie en plena descomposición.

 Es indescriptible el nivel de frustración que genera constatar que se desploman, a fuerza de incoherencias, personajes y líderes que, hasta ese momento, servían de paradigmas. Lo peor es la certeza de que se trata de algo irremediable por estar en la naturaleza de los dúplices y que, en consecuencia, sólo queda echarlos al zafacón de  despojos.

 Algo así está ocurriendo en la sociedad dominicana, conglomerado desprovisto de una sólida institucionalidad y, por eso, necesitado de referentes personales. De pronto, se ha quedado huérfana de ideas y proyectos que la cohesionen como nación y, para colmo, sin dirigentes éticamente autorizados como para atender, sin reparos, su llamado ineludible.

El Nacional

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