El problema no es ser feliz. La felicidad es siempre algo fugaz. La luz de ciertas horas. Ver como corteja el viento las aceras con diminutas flores rosa en la Bolívar, en este tiempo del año en que todo comienza a florecer y en el balcón las trinitarias descienden el arcoíris.
El problema no es ser feliz. Es regodearse en los amigos y las amigas, en los pequeños momentos diurnos o nocturnos en que la conversación recupera su calificación de arte de la inteligencia compartida y una habla de lo que alguna vez fue ilusión en la vida.
El problema no es ser feliz. Con Vallejo y Roque aprendimos que la vida está hecha de golpes tan fuertes que ese cadáver en tránsito que somos ¡Ay! Siempre está muriendo, aunque a veces, como dice Silvio, hay que dar las gracias por todos los muertos de nuestra felicidad.
El problema ya no es ser feliz ni asociar nuestra felicidad a lo fortuito de nuestra ubicación en la vida, en una media isla asediada por la desesperanza, porque en Suecia y Japón la juventud se suicida y no es por falta de pan, o medicinas, o de un techo con que resguardarse de la lluvia y el frio.
La vida está hecha de golpes
El problema es que Siria es algo más que una ubicación geopolítica, un pasaje entre países, una ruta marítima ambicionada por un ambicioso joven francés; un loco estadounidense; un calculador y frio ruso determinado a que nadie compita por sus fronteras; un soberbio Asad acostumbrado al poder de su familia; o un Israel que hace tiempo perdió su validez bíblica.
Solo miro los rostros de las masas desplazadas de sus pequeñas felicidades. El extenuado rostro de las madres; el horrorizado rostro de la infancia; el impotente rostro de los hombres que ya no tienen la posibilidad de proteger a sus familias; de conseguirles el pan o leche de cabra; de impedir que una bala o un misil destruyan el techo de sus casas.
Lo que me hace infeliz es la inmensa estupidez del Homo Sapiens en su brevísimo andar sobre la tierra. “Solo hay algo más infinito que el universo y es la estupidez humana”, dijo Einstein.
Y cada vez que salgo a la calle soy testigo. Percibo la ignorancia y la violencia extrema en el exacerbado tono de voz de la gente; en el intercambio de insultos entre choferes; del hombre que se violenta y saca el revolver; del burlón comentario del burócrata encumbrado e ignorante; en el duro rostro de quienes una vez fueron y hoy son la sombra de sus ideas.
Lo que me hace infeliz es Siria en todos los periódicos y la impotencia general.

