No sé si la sociedad espera una explosión para reaccionar o simplemente que ha perdido la capacidad de inmutarse. Porque aún no sean todo lo grave que pudieran esperarse, los informes secretos filtrados por WikiLeaks son lo suficientemente comprometedores como para abrir un debate y demandar una investigación esclarecedora. Pero ha bastado, como si se tratara de un mero cotilleo y no de un posible síntoma de descomposición, con proclamación de inocencia o silencio para dar el escándalo por cerrado. Aunque los documentos puedan contener informaciones subjetivas, deja mucho que desear que se piense del presidente de la Suprema Corte de Justicia que no está en capacidad de juzgar la corrupción en las altas instancias del Gobierno. Se interpreta que la independencia de la Justicia no es tal y que le teme o está subordinada al Poder Ejecutivo. En lugar de despejar la confusión, el vicepresidente del organismo, Rafael Luciano Pichardo, ensombreció más al escenario al alegar que las imputaciones vertidas en su contra tenían que ver con el hecho de que él era el candidato del presidente Leonel Fernández para presidir el Tribunal Constitucional. Sería bueno saber sobre qué base habría sido seleccionado por el Ejecutivo para el cargo. Ha habido otras alusiones dignas, por sus implicaciones, de escándalos mayúsculos. Pero ninguno, hasta ahora, tan grave como el que alude al Poder Judicial, dada la subordinación que evidencia, al menos en la percepción de la Embajada de Estados Unidos, ante el Ejecutivo. La independencia de la Justicia ha sido una ficción, pero siempre se buscaba la forma de guardar las apariencias. A pesar de las implicaciones, la sociedad ni siquiera se ha inmutado por los escándalos, como si estuviera curada, harta o le importara tres pitos. Y todo en un momento en que los escándalos son un fastidio global.

