Opinión

Sociología del vino

Sociología del vino

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El Ba egipcio fundaba uno de los tres aspectos del alma, del espíritu humano, y así el alma volaba al otro mundo, a las regiones infernales hasta que se unía de nuevo al cuerpo, que había sido preservado de la descomposición mediante el embalsamamiento (YARZA, F.C.: Diccionario de Mitología, 1991).

Es preciso demarcar que uno de los usos que dieron los egipcios al vino fue para utilizarse en los servicios funerarios, ligándolo estrechamente al vuelo del alma hacia los infiernos y, para desde allí, aguardar la resurrección. Los egipcios evolucionaron esta creencia y la conectaron a Osiris, su Dios bueno, su Hunefer, el hermano y esposo de Isis, y todo lo relacionado con él: las enseñanzas sobre las bondades de las plantas y cómo elaborar vino y cerveza. La muerte del Dios Osiris y su posterior descuartizamiento (ocasionada por una trampa tendida por Seth), era glorificada por los egipcios a través de su resurrección anual, la cual celebraban año tras año, luego de los fertilizadores desbordamientos del Nilo, celebrando el milagro con fiestas y brindis con los mejores vinos y cervezas.

Los griegos adoptaron a Osiris y le colocaron el nombre de Diónisos, Dios del vino, el Dios que descubrió la mejor forma de elaborar la gran bebida de la Tierra, a partir del jugo de los frutos de la viña.

Así, el vino constituyó para los griegos un combustible capaz de exaltar los instintos, de producir el éxtasis y abordar la magia y el misterio.

Hipócrates (460-379), a quien la historia señala como “el padre de la medicina”, y quien con toda seguridad tuvo noticias de “El Papiro de Ebers”, incluyó el vino en casi cuatrocientas preparaciones medicinales en sus “Tratados hipocráticos”, y especificó en una de sus famosas frases que “si se administra con tino y medida, el vino es algo maravillosamente apropiado al hombre, tanto en la salud como en la enfermedad”.

Pero no sólo los dioses griegos se adoptaron en Roma, donde el símil de Diónisos fue Baco, una copia que sólo exageraba los divertimientos —para beneficio de los habitantes de Roma—, sino que los romanos también importaron los médicos de Grecia, quienes propagaron el vino como antídoto eficaz para combatir lo que Huxley denominó veinte siglos después como “una cura para los sentimientos melancólicos”. Así el vino, la bebida que habiendo partido de la sumeria, la Europa caucásica, Egipto y Grecia, llegaba a la civilización romana tras un periplo de entre tres y cuatro milenios, enriqueciéndose en cada hábitat, en cada cruce, en cada modo de producción, a través de culturas eminentemente simbióticas.

El Nacional

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