La corrupción dominicana no se limita a un solo tipo de prácticas dolosas, lo hemos visto en los últimos treinta años, abarca una serie de maneras y mecanismos, públicos y privados, que se han convertido en un monstruo que afecta a todo el país, reglas, costumbres e instituciones, relaciones políticas y sociales y la cotidianidad de la ciudadanía.
Algo está claro, no podemos seguir utilizando un discurso político, económico y social lejano, que no nos representa, para seguir hablando de democracia en un Estado que no la respeta ni promueve, y con una ciudadanía que tiene demasiado malas mañas aprendidas.
La economía nacional tiene sus cifras, pero las que manejamos en el pueblo, no se corresponden y la ciudadanía estamos ahogándonos con presupuestos que no alcanzan para vivir dignamente. Mientras, miramos la pujanza de una sociedad política enraizada en las prácticas delictivas de un ejercicio que sabotea la línea de la representación del pueblo, de quien nadie se acuerda por los lados de partidos y gobierno.
La corrupción dominicana ha logrado afectar la percepción de aspectos y valores básicos de la sociedad, tales como la libertad y los derechos humanos y toda la ciudadanía «llana» y sin partido atrás, nos sentimos impotentes e incapaces, y lo peor, nos movemos en la indefesión aprendida.
Al parecer, en nuestro país, nos hemos quedado detenidos en la visión moralista de antes de los setenta, cuando se entendía la corrupción como un «mal necesario» para el desarrollo, una visión que mantienen los partidos políticos que desde sus militancias, no solo promueven el enfoque, sino que lo practican y lo llevan al poder.
Que la corrupción impacta negativamente en el goce de los derechos fundamentales y, por ende, también en el sistema democrático, es harto conocido, pero lo que no se termina de entender, que para los grupos ciudadanos más vulnerables, significa mucho dolor y hasta la muerte.
Y las mujeres, que no somos un grupo, sino la mitad, estamos dentro de ese conjunto de desechados en nuestro país.
Solo recordadas en tiempos de sumar votos y en el discurso, nos mantienen en un sistema doméstico familiar en el que debemos ser productoras, reproductoras, mantenedoras y cuidadoras. Y a las cifras oficiales me remito. Por lo tanto, no nos queda más que despertar y salir del abuso de la corrupción que no nos deja vivir.
Por eso marchamos el domingo y todas las dominicanas somos verdes. Una cuestión de dignidad, para que no nos sigan matando. Para que nos respeten como ciudadanas que estamos aquí, y ahora!

