Cuando en 1979 mi madre, Gloria María, me informó de la publicación de “El Niño, su Gracia y Cómo la Pierde”, traté de disuadirla. Recordaba la publicación de “María, la intercesora inmaculada”, un libro al cual debí dedicar bastante tiempo. No logré mi propósito, sin embargo.
Mamá estaba tan decidida que habló directamente con el doctor Germán Emilio Ornes, para que le abriese crédito para ese trabajo de impresión. Por supuesto, él me habló de ello. Y dispuso le abrieran el crédito, más allá de mis comentarios.
Tan lejos fue mi madre, que los originales, copiados a maquinilla por papá, los presentó bajo el seudónimo de María Hidalgo. Visto a la distancia, este nombre corresponde al primer nombre de pila de mamá y al segundo nombre familiar, es decir, apellido.
Durante el proceso de impresión, hablé con mamá. No estaba tan preocupado por el pago como por el objetivo de mi madre.
En esta época nadie sabe cómo criar un hijo. Las familias han perdido las viejas pero no por ello obsoletas costumbres y se viven días durante los cuales no parece existir un derrotero claro respecto de la forma de criar a los hijos. Los padres de estos tiempos no saben criar a sus hijos, terminó diciendo lapidariamente.
En esos días, mamá estaba muy lejos de advertir el derrotero seguido por las sociedades, años después.
No solamente por la sociedad dominicana, pues muchos de los absurdos que se sufren en el mundo, en realidad no son nuestros, son importados.
Resultan de la transculturación, un fenómeno social multiplicado por las capacidades resultantes de las formas actuales de los medios de comunicación.
Soy testigo de primera mano de que mamá no estaba muy apegada a los castigos corporales. Más no era contraria a los mismos. En ese libro habló de la persuasión como herramienta de educación hogareña. También creía en el estímulo emocional para determinar la conducta en el muchacho.
El último de los recursos, para ella, era la pela.
El hombre de las pelas como mecanismo condicionante, era papá. Mi hermano Antonio conoció de esa herramienta con mayor frecuencia que yo. Concurrían condiciones apropiadas para ello. Antonio y Anisito Vidal Dahuajre, juntos eran dinamita.
Tanto don Anís Vidal, el papá de Anisito, como papá, creían en lo persuasivo de este recurso. No tengo necesidad de asegurar que los hijos de ellos, ambos, Antonio y Anisito, son o han sido (el doctor Anís Vidal Dahuajre, reconocido cardiólogo, murió relativamente joven), ciudadanos intachables.
¿Cómo debe enfrentar la sociedad actual el reto de estos tiempo? ¿Es la forma de criar a nuestros hijos la causa del desconcierto social que se siente?
En días recientes se han escuchado voces clamando por un estilo de crianza destinado a conducir, desde temprana edad, unas conductas de más elevado respeto a sus mayores y a la sociedad.
Para ello, han dicho algunos de los expertos, se requiere un régimen de consecuencias aplicable inmediatamente después de la comisión de la falta por la cual se castiga al niño.
¿Es necesaria una corrección basada en castigos corporales, quizá una pela? ¿Puede cambiarse tal tipo de reprensión por disciplinas como la realización de trabajos domésticos escogidos por los padres con resultados evaluables?
¿O por tareas de estudio y lecturas comentadas por el o los padres?
No soy partidario de estas últimas formas de “castigo”, pues el muchacho podría más adelante rechazar la escolaridad y sus labores normales.
El régimen de consecuencias puede traducirse en castigos como hincarse en determinados lugares durante períodos determinados. Este procedimiento estará seguido de una supervisión periódica, en el tiempo de su aplicación.
De todas maneras, a cierta edad, ya dañado el comportamiento, todo castigo es improcedente y provocador. En vez de alcanzarse el objetivo buscado, los resultados sin duda serán negativos.
Al nivel de la adolescencia, en los tiempos actuales, con una crianza en extremo liberal, con la falta del aporte de actos de responsabilidad en el núcleo familiar, se genera una conducta de desprendimiento y despreocupación, negativa para todos.
Mi madre vendió casi toda la edición de su libro. Más no creo que sus palabras hubieren servido en 1979, en los días de la publicación, o luego, para nada. Como se observa a través del cristal compuesto por sucesos de esta época, las sociedades decidieron reformular estructura familiar y métodos de crianza, del modo más agorero para todos.

