Yo entré al Banco Central en abril de 1966. Auxiliar Técnico de Segunda Clase, era el cargo que me fue asignado. El nombramiento me llegó a la casa por telegrama, cuando existía el Telégrafo Nacional. Fui asignado al Departamento de Estudios Económicos, cuyo director a la sazón era el doctor Rafael Herrera Cambier. Mi sueldo era de 300 pesos. Sí, 300 pesos y para ese entonces era un sueldazo.
Acababa de llegar de Beirut, Líbano, donde cursé estudios de economía en la Universidad Americana de Beirut. Hablaba inglés, francés y un poco de alemán, y tenía preparación académica. 300 pesos era un buen sueldo época. Un carro Saab amarillo que llegué a comprar, costaba unos 5,000 pesos.
En esos años estaban regresando de realizar estudios de postgrado en el extranjero un grupo de empleados del Banco Central que habían sido enviados al exterior por el doctor Diógenes Fernández, gobernador del Banco Central. Entre ellos estaban Carlos Despradel, Carmen Bello de González, Maritza Amalia Guerrero, Rodolfo Soto Bello y varios otros. Todos llegaron a ocupar posiciones de importancia, en el Banco Central, en otras instituciones del Estado y en empresas privadas. Se hablaba entonces de que el Banco Central era una cantera de donde el país se podía suplir de técnicos bien preparados, serios, trabajadores e íntegros.
De esa cantera se mandó a realizar estudios de doctorado a jóvenes como Gustavo Volmar, Leonardo Conde y Arturo Martínez Moya. A ese grupo se unieron en su momento talentos como José Manuel López Valdez, Eduardo García Michel, Julio Llibre y Eduardo Tejera.
Varios empleados y funcionarios obtuvieron ofertas mejores que las del Banco Central y eventualmente migraron hacia el sector privado. Además, llegó un grupo de jóvenes promesas de las universidades del país, tales como Héctor Valdez Albizu, Luis Manuel Piantini y Clarissa de la Rocha. Se unieron a Bernardo Vega, Herrera Cambier, Luis Canela, Agustín López Rodríguez, Arnemann Meriño, Santiago Santana, Gumersindo del Rosario, Juan Esteban Hernández, Camilo LLuberes, Roberto Martínez, Nilson Santana, Emilio de Luna, Gladys Santana, José Clemente Taveras, entre otros. En total éramos 300 empleados.
A principios de los 70, se contrató una compañía mexicana, HAY, S.A., que realizó un estudio de los puestos de trabajo en el banco y la remuneración de los empleados. Hacer, Saber y Pensar. Esos eran los tres parámetros para establecer el ranking de los puestos y de los sueldos.
Hacer, medía la dificultad del trabajo a realizar. No era lo mismo el Hacer de un conserje, que el Hacer de un chofer o un electricista. Ahí entraba el Saber.
En muchos puestos el Saber tomaba el liderazgo. Por ejemplo, en el departamento de Contabilidad había que tener conocimientos y preparación para Hacer los trabajos pertinentes a ese departamento. Por último estaba el Pensar, implicando una especie de creación, de capacidad de innovación.
