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TAMBIÉN LA RAZÓN

TAMBIÉN LA RAZÓN

Hay una familiaridad incesante e ininterrumpible entre ciencia y filosofía.

La primera tiene metas mediatas e inmediatas, la segunda carece de un único horizonte definido.

Incluso los presocráticos, que descubrieron la presencia del átomo en la dinámica de la materia (con Demócrito y Epicuro, en primera línea) y las leyes del movimiento universal centrado en la observación de las corrientes de un río, (Heráclito) previeron de forma intuitiva esa unión inseparable y a la vez variable en su aplicación.

La ciencia suele tener hallazgos concretos, mientras que en la filosofía, esos mismos hallazgos cruzan por un orden metafísico difícilmente aplicable a hechos específicos.

La ciencia, al inducir el conocimiento empírico in situ, es decir, localizado, procura establecer las condiciones lógicas y concretas para el estudio de los fenómenos de la naturaleza.

La filosofía no necesita ese tipo de despliegues demostrativos ya que su instrumento básico es la especulación y el establecimiento de parámetros, afinidades y discordancias, entre otros datos importantes.

La ciencia se inclina por la exactitud y la precisión física y específica.

La filosofía, si bien no reniega de esos instrumentos se decide por la plasticidad discursiva y la “perplejidad” que conlleva incluso la duda que le permite avanzar.

No menos exigente es la ciencia que no da nada, ningún proceso, por terminado y siempre anhela fondear más en la realidad por

Ambas disciplinas del pensamiento se juntan y se separan convenientemente dependiendo de la materia de que se trate.

La filosofía trata problemas universales mientras que la ciencia estudia y trabaja con especificidades sin renegar tampoco de lo primero.

Ambas tratan los problemas del acontecer humano, de las relaciones entre los diferentes universos psicológicos y de todo lo que es inherente al “ser”.

Varía, pues, el enfoque como variarán los resultados, como varían los objetivos de ambas disciplinas.

La filosofía tiene en su prontuario los primeros logros del pensamiento.

La ciencia los últimos adelantos e inventos.

Los filósofos parecen haberlo dicho todo desde la antigüedad (Platón, por ejemplo).

La ciencia, en razón de que la naturaleza sigue aportando millones de datos desde el estudio de un universo en apariencia infinita, no sacia su sed con nada.

Ninguna es su última frontera, no hay línea divisoria, no hay manera de detener las aguas del conocer.

A la filosofía le da trabajo  no repetirse en su discurrir y sus aportes se mantienen atados a los primeros.

La ciencia nutre a la filosofía, ciertamente, en razón de que cada “cuerpo doctrinal” que inaugura la primera contiene herramientas eficaces para ésta.

En el principio, la filosofía (ingenua aún pero descubridora) se encargó de dar los primeros instrumentos de trabajo (teórico) a la ciencia.

De ahí en adelante, ambas han venido complementándose admirablemente.

Ahora la filosofía tiene materias pendientes,  recientes, como el estudio filosófico, su alcance profundo, de la relatividad desarrollada por Einstein que no ha encontrado a un filósofo que la trate como dato empírico.

La ciencia puede progresar sin hacer uso de la filosofía.

La filosofía no necesariamente depende de la ciencia para trazar su itinerario ni sus coordenadas.

Ambas se respetan, se quieren, se dejan llevar.

Cuando se necesitan se buscan, cuando no se necesitan no hay conflicto entre ambas.

La ciencia se ha establecido sobre fenómenos físicos, básicamente.

La filosofía es, en ese sentido, más extensa y menos restrictiva.

La  filosofía muestra, la ciencia, en razón de su plan de trabajo irreductible, demuestra.

He ahí una cierta discordancia y familiaridad más lejana.

La ciencia tiene una sintaxis, la filosofía, una gramática.

Ambas, disociándose,  divorciándose y volviéndose a casar, se complementan.

La filosofía, en razón de su ductilidad, se halla más cerca de la poesía que del trabajo de laboratorio o que de las altas matemáticas y la física de partículas.

La ciencia sintetiza, la filosofía contextualiza.

Finalmente, ambas interactúan cada una aportando datos fundamentales a la otra, sin repelerse nunca.

El Nacional

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