No son pocos los amigos que me enrostran sobre el porqué siempre estoy hablando sobre otros que ya han fallecido, o ya desaparecieron de nuestro entorno. En la última década, varios seres que he estimado han perecido.
Y, aunque la muerte es una extensión de la misma vida, porque nos inmaterializamos para dar paso a nuevas generaciones, parecería que soy muy sensible ante estos ineluctables y funestos acontecimientos.
Tal vez, al paso de los años, esté padeciendo de un malestar denominado: tanatofobia (fobia o temor a la muerte). Sin embargo entiendo que no es sólo el temor a la aproximación de la parca. Se fundamenta en la aprensión de verme postrado en una cama, aquejado por una terrible enfermedad.
Y ello se acrecienta más porque los amigos que he perdido en Santo Domingo, en su mayoría, son más jóvenes que yo. Subsecuentemente creo que hay una cuenta regresiva que nos está pisando los talones. Hasta el momento con todo y mis necesidades, nunca he enfermado seriamente y presiento que, cuando eso suceda, podrían finiquitar mis días.
Los médicos dicen que, al margen del tabaquismo, aunque en menor grado, hay un estilo de vida que me compensa en salud. Muchos entienden que no aparento mi edad biológica. Tal vez tenga algo que ver mi resiliencia ante las adversidades, y que estuve un buen tiempo tiempo entre hierros (pesas). Podría ser que la práctica del físico-culturismo, haya dado buenos resultados.
Pero al margen de esto, cada vez que muere un entrañable amigo siento que algo se desprende mí. Esta vez no quiero parafrasear la canción del ya fenecido canta-autor Alberto Cortes, intitulada: “cuando un amigo se va” (tras el deceso de su padre). Ha sido citada hasta el hartazgo.
