Opinión

Tardes en apariencia inútiles

Tardes en apariencia inútiles

Son tardes inútiles aquellas perdidas en divagaciones sin aparente sentido, que nos llevan a recordar a la Madre Teresa de Calcuta, cuando en referencia a momentos parecidos a estos tiempos borrascosos y llenos de incertidumbre moral que al Sol del presente padecemos, manifestó que “nosotros sentimos que lo que estamos haciendo es sólo una gota en el océano. Pero el océano no estaría tan lleno si no existiera esa gota”.

Sin embargo, y muy a pesar de los desengaños y sufrimientos a que el día a día nos tiene acostumbrados, como tratando de aniquilar nuestra fuerza de voluntad, en ocasiones presentimos que hasta la propia Naturaleza se pone en contra nuestra, pues cuando no son los achaques de don Manuel es el desgarramiento que nos abate ante el anuncio desafortunado de la muerte de don Miguel Cocco. Pero aun así, el hombre debe mantener la pelea por los principios que la conciencia y los hechos han demostrado que son dignos, morales y cargado de ética.

Yo tenía la gran esperanza, abrigada en lo más profundo de mi alma, de que mi amigo iba a recuperar su salud. Hoy, la triste realidad me da de frente sin compasión alguna y me doy cuenta de que nos estamos quedando sin verdaderos hombres en este país. Concatenando el hilo del pensamiento y después de la partida de don Miguel, lo único que conservo de él son los recuerdos de los gratos momentos compartidos con él, con la satisfacción extrema de haber tenido como amigo un portento de honestidad y hombría, como lo fue don Miguel.

Lo doloroso, y peor aun, es que muchas veces tenemos faros redentores, cuya luz orientadora nos negamos a ver. Teníamos a nuestra disposición un ejemplo vivo que irradiaba una claridad propia, iluminándonos con pilas interminables de bonhomía y honradez, como don Miguel Cocco, por ejemplo. Pero, además, tenemos otros que como él se han ido y aún continúan dándonos su luz moral, la cual nos empecinados en no ver y seguir. Como esa luz y guía que irradia el profesor Bosch cuando nos dice desde el más allá que “El deber del hombre como ser individual y como ser social, es convertir en hechos aquello en que se cree, y debe cumplir ese deber aunque sepa que a él no le tocará -como dijo Martí- sentarse a la sombra del árbol que siembra”.

Volviendo de nuevo a don Miguel Cocco, ese hombre de bien, ese astro con luz propia, un hombre que no perdió la fe en cuanto a enmendar los errores del ayer que todos cometemos, y que al hacerlo nos crecemos hasta cumbres inimaginables, porque para el, al igual que para el profesor Bosch lo fue, pues era éste un ser de nuestra misma galaxia, cuyos ejemplos están ahí y muchos los seguimos como ideales para pisar sobre sus huellas.

Es por lo que llevamos escrito que, entre muchas otras cosas, el hombre no debe perder la esperanza, la paz y su honestidad. Y vaya usted a ver si esto es así, porque en estas virtudes se encierra la esencia de toda la vida, aunque esto no signifique que la felicidad está asegurada, ni mucho menos.

La desintegración social que hoy estamos experimentando, la cual muchos hipócritas tratan de ocultar y hasta justificar con argumentos baladíes, es simplemente producto de la pérdida de valores acumulada en las últimas décadas. Ser abogado para ser político. Ser político para ser cacique. Ser cacique para ser millonario. Ser prostituta para ser “honrada”. Ser “honrada” para ser querida. Ser querida para ser comunicadora. Ser comunicadora para ser asalariada del narcotráfico y así por el estilo. El resto es engaño y sobre todo bla, bla, bla. Engaños y falsías es el resto, siendo lo más penoso y doloroso el pensar que tantos ya se han acostumbrado a este rejuego que no retrocede. ¡Caramba!.

Para situarnos y conocer la magnitud de la situación moral que nos acogota, debemos imaginarnos en medio de una gran tormenta en el mar, acercándonos a los farallones, esas rocas altas y tajadas que sobresalen en el mar a todo lo largo de una costa, sin que aparezca la luz de un faro que nos prevenga del averno hacia el cual pretenden dirigirnos encima de una frágil embarcación, que en este caso viene siendo la sociedad.

Sí, sí y sí. Es incuestionable que poseemos faros hoy, como han existido desde la antigüedad, que en estos tiempos de crisis moral resultan apropiados para orientarnos en cuanto al camino correcto a transitar, mas los otros se resisten a verlos. Lentes oscuros para no mirar la luz. Respuestas sagaces y ladinas ante las indelicadezas y la iniquidad.

Fue don Miguel uno de esos hombres que no se venden jamás, un miembro de la estirpe de los que no transigen con los buenos principios, un firme soldado de la causa de la honestidad y el deber, y por lo tanto un aventajado discípulo de Bosch…

Indiscutiblemente que a fuerza de golpes, tendríamos que llegar a la conclusión de que la vida es sólo una serie de experiencias agradables o no, pero las cuales, en el primer caso hay que disfrutarlas, porque la vida no es sólo para sobrevivir o pasar el tiempo escuchando a un político farfullar continuamente, sólo con la intención del engaño, excluyendo las consabidas excepciones, claro está.

Lo que en realidad vivimos es ese pasaje de la historia ocurrida antes de Cristo, cuando un día de marzo del 44 a. C. cayó traspasado por unas veintitrés puñaladas a los pies de la estatua de Pompeyo, el gran Julio César, como víctima expiatoria de los males de la República, de cuya existencia dieron cuenta los Brutos, Casios, Gascas, Sempronios y comparsa, quienes creyeron acabar con el despotismo del dictador, cuando realmente lo que expiraba en sus manos era la República senatorial desangrada por las mil heridas que le habían abierto sus ciegos y apasionados secuaces.

Una cosa que queremos dejar por sentado,  es que ante los planteamientos de los núcleos que entienden que la Patria no vale nada, tenemos una frase fija: nosotros no queremos comprender. Continuamos fieros y arrogantes ante la embestida de los perversos, a lo que se suman las prostitutas “honradas” que también quieren –como expertas al fin-, ser protagonistas en las diferentes asociaciones de malhechores que pululan en la sociedad.

Y por último, muy a pesar de que ciertamente es tarea difícil encauzar por la ruta responsable de la moralidad a quienes se consideran con la suficiente potencia intelectual como para discurrir por cuenta propia, no cejaremos aunque todos y cada uno de ellos se conviertan en sicarios para clavar un puñal en el pecho de los inocentes, tratando de silenciarlos o desvencijarles moralmente.

Esto que llevo escrito lo creo en esta tarde sin un aparente sentido, tarde marcada por el dolor inmenso de la pérdida de un gran hombre, una gran persona, un ser excepcional, un extraordinario amigo que por siempre vivirá en todos los corazones del conglomerado de las personas serias y honestas de este país. Pérdida irreparable para todos constituye la muerte de don Miguel Cocco Guerrero. Así lo proclamo y así pensaré mientras vida tenga. ¡Sí señor!.

El Nacional

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