Opinión

Te extraño, entre otras cosas

Te extraño, entre otras cosas

Mayor General, E.N. (DEM)

“Amar apasionadamente la Vida,

y luego deambular implorándote

compasión a ti mismo por la ausencia

ilimitada nacida de tu vacío, infame

jardinero de la nada, sembrador

de violetas y de pus”.

M. Ciorán.-

Por igual a la anterior, esta tarde sabatina no tiene sentido alguno. Se ha perdido el encanto y la razón de ser. Es como una parodia de Ciorán y su “Aciago demiurgo”, en su creencia de que a partir de Dios hemos ido descendiendo en una escala de seres emanados de él hasta llegar a lo que somos, antítesis y culmen de la degeneración progresiva de los seres espirituales, y origen del mal. Creamos el mundo encadenando la esencia espiritual a la prisión de la carne. Esta tarde, digo, maldita sea, porque tiene que ser así, en estos momentos, de esos “pensamientos estrangulados” que quisiera por igual, “concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo”.

Hoy me siento como algo que se tira al zafacón, es como si las trigueñas se olvidaran de aquellos días que pasé sin ellas, es una tortura ver la realidad y las evidencias aquéllas, como a las que se refiere Ana Gabriel cuando entona: “es una locura de decir que no te quiero, evitar las apariencias, ocultando evidencias, más porqué seguir fingiendo si no puedo engañar mi corazón, yo sé que te amo”. Este atardecer, con la fuerza de un tornado, catárticos e implacables, llegan los recuerdos, esas descargas emotivas de momentos queridos que pasamos juntos y que a la vez son traumáticos, que se mantienen ocultos y reprimidos dentro del corazón y que al brotar en este momento parecen un volcán en erupción sin que exista poder que pueda parar esas lágrimas, que más que lágrimas son como el magma incandescente, corriendo por las laderas del rostro, y “ya no sé lo que pensar, si tu recuerdo me hace bien o me hace mal, pero, si sé que tu recuerdo sigue aquí y sé que te tengo que olvidar”.

Qué tardecita ésta, sin sentido, y en cada esquina es como si todos me miraran diciéndome que ya “tus caricias no han de ser mías, que mis amantes brazos no han de estrecharte, y yo (de tonto) anoche soñé que me querías, y aunque después me muera, quiero besarte”. En este instante no puedo hacer otra cosa, si en verdad quiero subsistir, que irme de verso en verso, buscando alivio. En este atardecer sin ti, tengo que pensar en Gabriela Mistral y decir que “el viento hace a mi casa ronda de sollozos y de alarido, y quiebra como un cristal mi grito. Y en la llanura blanca, el horizonte infinito miro morir inmensos ocasos dolorosos”, al igual que en esta tarde sin ti, esta tarde triste en la que tengo que confesar “yo tuve amores impetuosos y la pasión que en ti derrocho y aunque parezca fantasioso, es así, de lo vivido, nada se compara contigo”.

Hoy me cuestiono si aún me esperas o si fueron ciertos y sinceros los momentos vividos y entre una y otra cuestiones, entre dolores y silencios, la cruda realidad, por el dolor, me indica que todavía vivo, que en la vida llega el momento, como escribió Shakespeare, en que “comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, ni promesas; comenzarás a aceptar tus derrotas, con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto. Y aprenderás a construir hoy tus caminos; porque el terreno de mañana es incierto para los proyectos y el futuro tiene la costumbre de caer al vacío”.

Dice mi amiga Virginia que la edad, la madurez, tienen su júbilo exacto, que corroboran miles y miles de pájaros en celo y que madurez y celo son una misma cosa con distinta piel; son una misma llama. En su apreciación ella no deja de tener razón, porque esta tarde solitaria, sin trigueña, rubia o morena “busco sin encontrar, escribo a solas, no hay nadie, cae el día, cae el año, caigo con el instante, caigo a fondo, invisible camino sobre espejos que repiten mi imagen destrozada, piso días, instantes caminados, piso los pensamientos de mi sombra, piso mi sombra en busca de un instante”. Tremendo panorama de Octavio Paz y su “Libertad bajo palabra”, que retrata de cuerpo entero el sentir en esta tarde gris que acongoja el alma.

Amigos, amores y penas se conjugan en determinado momento causando dolores y angustias. En este instante, como adictos a los cariños y sentimientos volvemos a clamar por ellos, aunque nos causen dolores, y como escribió Tessie, cuya amistad me place, me uno a ella para, postrándome ante el amor, decir casi en susurro “déjame volver en ti, recorrer tu cuerpo entero hasta amanecer, desatar la furia loca que habita en mi ser, elevémonos al cielo, de tanto placer (…) Déjame volar en ti, no ves que mi cuerpo tiembla, te quiero sentir, amarrada a mi cintura queriendo encontrar, entre besos y caricias algo más (…) Déjame volar en ti”.

No quiero pensar, siquiera, aunque lo haya escrito don Pedro Mir, que “este concierto obedece a su propia concreta situación, porque en esencia todo ha sido reducido a polvo”. ¡Polvo!. Prefiero que esto sea un pequeño y doloroso rato amargo, así como sucede cuando se separan la uña y la carne. Esto es nuestra vida “que dura lo mismo que nuestros estremecimientos. Sin ellos, somos sólo polvo vital”.

Pero en este cruce de caminos, recordemos que nunca se hace más oscura la noche que cuando se aproxima el amanecer y esto lo conocemos muy bien aquellos que hemos visto inmensidad de soles desperezando el día al canto del gallo, sin fiestas ni alegrías, sólo rogando por la llegada del nuevo despertar, como un símil ante un tormento de amores y sentimientos. Luz al final del túnel, lunas llenas cuando finalizamos las guerras, comprensión tras la discusión. Tranquilidad y ternura cuando cesan las discrepancias, porque nadie es perfecto y las alegrías van y vienen, como las penas y los  dolores.

Luego, mirándonos a los ojos fijamente, en este drama como retribución añoramos a las trigueñas, rubias y morenas. Total, que desde el principio nos extrajeron parte de nosotros para hacerlas a ellas, símbolo de vida y amor: la bíblica costilla de Adán. Es eso y sólo eso la mujer, aunque nos torturen y hagan sufrir. Quisiera, en una confesión de sinceridad, manifestar que sería mi supremo deseo morir en paz rodeado de estos seres benditos que nos trajeron al mundo y nos inspiran a continuar rondando las sendas diseñadas por el Supremo.

Celebremos ahora la presencia de la trigueña, vayámonos a los albores de su esencia, no sin antes decirle que en cuanto a sentimientos “he servido en mi vida a muchos amos, y he esculpido mi imagen de cada momento. Si las cosas extintas supiesen cuánto las he amado se procurarían un alma sólo para llorarme”. Y no deseo volver a sentir el increíble y doloroso vacío que me causó tu ausencia. Sólo eso quiero, ése único privilegio imploro. ¡Sí señor.-

E-mail: rafaelpiloto1@hotmail.com

El Nacional

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