Nuryn…
La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente. François Mauriac (1905-1970) Escritor francés.
La muerte se convierte en un puente que une dolores en quienes hemos pasado por la pena de ver partir un ser querido y lastima esas heridas que a pesar del tiempo se mantienen abiertas.
La partida, anoche, de la gran artista dominicana Nuryn Sanlley dolió doblemente, por tratarse de una mujer que enamoró corazones a través de sus canciones y más tarde con sus dotes de gran actriz nos legó personajes imperecederos en la televisión y el teatro como La Pinky.
Y duele doblemente por tratarse de un ser humano que supo granjearse amigos en un medio tan complicado como el del entretenimiento.
Fuera de la relación artista-periodista, con Nuryn, teníamos la oportunidad de conversar de diferentes temas, siempre que el tiempo lo permitiera.
Su preocupación por el teatro, por el país, por el arte en sentido general (fue cantante, actriz, bailarina, productora, escritora, locutora) eran temas recurrentes en nuestras conversaciones.
Hace muchos años descubrimos en ella a un ser humano sensible, fuerte, conversador, amoroso, pero sobre todo luchador.
El pasado año, mientras preparaba el regreso de La Pinky, junto a Papolino, al Teatro Nacional Eduardo Brito, Nuryn fue diagnosticada con un tumor cerebral, contra el cual luchó hasta las 11:15 de anoche.
La noticia nos despertó con sobresalto.
El país llora su partida.
Murió Nuryn, físicamente, pero nos queda su legado y su hija inmortal: La Pinky.
Paz a sus restos.
Consuelo a su familia.

